El arte de la mentira política


Hastiado de observar cómo sus señorías se acusan de mentir, abandono el hemiciclo virtual y me enfrasco en la lectura de un opúsculo atribuido a Jonathan Swift: El arte de la mentira política. Texto delicioso y apócrifo, escrito en realidad por John Arbuthnot, un médico escocés con tan escaso apego a su firma y tan inmune a la vanidad literaria que prefería usar sus manuscritos en la fabricación de cometas y capirotes para sus hijos, antes que llevarlos a la imprenta. Concebido como un prospecto que anunciaba un voluminoso tratado, el panfleto de Swift-Arbuthnot no tiene desperdicio en este tiempo de la posverdad y las fake news. En la edición que manejo se inserta una fotografía de Aznar y Bush hijo sellando, con un apretón de manos, la gran mentira de Irak. El lector que se asome al texto no tendrá dificultad en ilustrar cada uno de sus enunciados con rostros políticos de rabiosa actualidad. Y elegir discrecionalmente, en función de sus ideas, a quién colgar el sambenito o la medalla.

«Todo el mundo miente: los ministros engañan al pueblo para gobernarlo y este, para librarse de aquellos, hace circular chismes calumniosos y falsos rumores». A partir de esa premisa, el ensayo se plantea una cuestión: ¿Conviene engañar al pueblo por su propio bien? La respuesta es afirmativa: la masa es crédula, la mentira es su elemento natural y, por tanto, debe ser gobernada con la mentira. Por su propio bien. Sentada la conveniencia de las «falsedades saludables», define el opúsculo -¡publicado en 1733!- los tres tipos o clases de mentira política. La calumniosa o difamatoria, que tiene por finalidad arrebatar la reputación del adversario. La mentira por aumento, que agranda las virtudes del amigo y los defectos del enemigo. Y la mentira por traslación, que transfiere los méritos o deméritos del acreedor a otra persona. El artista diestro combina los tres ingredientes para producir mentiras políticas de naturaleza mixta con triple utilidad: el lucro personal, la defensa del partido y la consumación de una venganza. Como todo arte, el de la mentira política también tiene sus reglas. Nunca se deben rebasar los niveles habituales de lo verosímil. Las mentiras para aterrorizar pierden su eficacia si el pueblo se acostumbra. Lo mismo sucede con las mentiras que anuncian prodigios: deben tener un tamaño razonable y profetizar a largo plazo.

¿Y cómo se contrarresta una mentira política? ¿Con una verdad o con otra mentira? Dada «la amplitud cilíndrica del alma» y la credulidad popular, la mejor manera de destruir una mentira es oponerle otra. La verdad siempre queda en fuera de juego. Swift-Arbuthnot no olvidan una recomendación dirigida a los jefes de partido: que no se crean sus propias mentiras. Si se persuaden de que dicen la verdad, la mentira política pierde su utilidad y sus bondades.

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