Galicia y Portugal, una vida compartida

Santiago Rey Fernández-Latorre PRESIDENTE DE LA VOZ DE GALICIA

OPINIÓN

angel manso

31 oct 2018 . Actualizado a las 07:06 h.

Maxestade, excelentísimo señor Presidente da República Portuguesa, autoridades, amigos:

Gosto de usar a lingua galega, nacida unha soa coa portuguesa, e irmá da española, para saudar desde o máis fondo do corazón este altísimo e culminante momento que teño a honra de vivir. Estou a carón das personalidades máis sobranceiras de España e Portugal. A carón significa en galego xuntos, e emparéllase especialmente con aquilo que dá proximidade e conforto. Así é como me sinto eu tendo na miña Casa ao meu Rei, Filipe VI, a quen lle tributo toda a admiración, e ao presidente da República Portuguesa, Marcelo Rebelo de Sousa, xefe de Estado do país que é hoxe exemplo de civilización, éxito e esperanza en Europa. Non hai forma máis axeitada de simbolizar a irmandade histórica e futura da Gran Terra Ibérica.

Sexan para a Súa Maxestade e Vossa Exceléncia os meus cumprimentos.

He dicho, Majestad, que le profeso toda admiración. Si desde antes de su reinado su figura representó siempre un modelo de ecuanimidad, fortaleza y compromiso, en los tiempos tan convulsos que nos ha tocado padecer esos valores se han incrementado con los de la firmeza, la valentía y el liderazgo. Es un honor y un orgullo para todos los buenos españoles mirar hacia la Zarzuela y encontrar allí el amparo de los sólidos pilares de su carácter en la defensa de la Constitución y la democracia.

Las amenazas de inestabilidad, que no se nos ocultan, no juegan solas la partida, y aún tenemos motivos para reforzar nuestra confianza.

Confianza es también lo que nos inspira cuando miramos hacia Portugal. El jurado del Premio Fernández Latorre, instituido en memoria del fundador de La Voz de Galicia, mi abuelo Juan, miró hacia allí, no sin cierto deslumbramiento, cuando se propuso buscar el mejor ejemplo europeo para celebrar su sesenta edición. Y lo encontró en la personalidad sobresaliente de Marcelo Rebelo de Sousa, a quien respeto como presidente y celebro desde hoy como afectuoso amigo. Porque no pudo ser más acertado el titular que le dedicó este periódico cuando se dio a conocer el fallo: «El presidente de los afectos».

Así es quien hoy homenajeamos. Su poder de comunicación, su gran vitalidad y su carácter unificador de voluntades tienen mucho que ver en el optimismo que embarga a la sociedad portuguesa e incluso en la erradicación de la crispación política. Hemos conocido su tenacidad para que se atendiese a las víctimas de los terribles incendios forestales, le hemos visto hace unos días repoblando el bosque y se cuenta que no es raro que cualquier noche se le encuentre inesperadamente en las calles de Lisboa interesándose por los más desfavorecidos.

Su bagaje como catedrático de Derecho, periodista y analista político le ha hecho entender a la sociedad en toda su complejidad. Y su cultura, su formación y su personalidad irreductible lo distinguen como un hombre de ideales y de acción.

Su acción ha dejado una profunda huella en la historia reciente de Portugal. Como ponente de la Constitución en 1976, como cofundador y dirigente del Partido Social Demócrata, y ahora, desde hace algo más de dos años y medio, como presidente de la nación.

Los portugueses le conocen bien. Y él conoce bien a Portugal. Ese país que aparece en el Índice de Paz Global como el tercero más seguro del mundo, cuando en el 2016 estaba en el número 18. Ese país que tuvo que pedir el rescate en el 2011 y en el 2014 quedaba ya liberado de los severos ajustes. Ese país que llama la atención del mundo, que atrae grandes inversiones, que se ha colocado en una de las primeras posiciones mundiales en educación y que, como dijo él mismo, está logrando que sus ciudadanos sean «los nuevos nórdicos del siglo XXI».

Nosotros, los gallegos, también conocemos muy bien ese país. Somos sus vecinos del norte, pero cuando cruzamos la raia o el Miño seguimos estando en casa. Lo sienten así los dos pueblos, porque han llegado a tal simbiosis que han creado el mejor ejemplo de región transfronteriza de Europa. En realidad, es solo una forma de llamarla, porque ya no hay fronteras, ni para los ciudadanos ni para las empresas ni para los proyectos comunes.

Cuando en 1886 se inauguró el puente internacional entre Tui y Valença, con toda su ingeniería avanzada, contó La Voz de Galicia que la obra había generado un gran paso adelante en la relación, pero solo se circunscribía a lo local, porque todas las infraestructuras e incluso el tren estaban por llegar a las ciudades gallegas. Hoy son cinco los puentes que atraviesan el Miño, y su efecto no es local, sino global. A Coruña, Vigo, Braga, Oporto y todas las ciudades del área forman un mismo eje en el que la interrelación es continua, permeable y fructífera.

Portugal es vital para Galicia, y Galicia lo es para Portugal. No solo porque esta área de la frontera ibérica es la más poblada y la más dinámica; no solo por los intereses comunes en infraestructuras como el corredor del noroeste o el mercado eléctrico; no solo por los servicios en auge, como el turismo. También porque compartimos la vida. Los mismos ideales, semejantes retos, similares ansias, parecidos problemas.

Dar valor a nuestro mar, a nuestros campos, a nuestros montes. Ser punteros en la nueva industria tecnológica. Aprovechar nuestros sectores estratégicos. Desarrollar nuestras comunicaciones. Mejorar la planificación urbanística y las condiciones de vida. Compensar la pirámide de población. Dejar de ser periferia. Equilibrar la balanza ibérica hacia el oeste. Dar futuro a las siguientes generaciones.

Todos estos deseos, tan fáciles de enumerar, son los que nos unen. Los que convierten la lucha del día a día en un trabajo fértil, lejos de la esterilidad que producen las pugnas electoralistas de alcance corto; los movimientos disgregadores como el de Cataluña; la insolidaridad, el populismo y los nacionalismos exacerbados que se instalan en España y en buena parte de Europa; el desprecio de la justicia y de la ley.

Y todos esos deseos -tengo que decirlo- figuran como principios insoslayables en la línea editorial de La Voz de Galicia, que yo impulso con mi equipo siguiendo una estela que se inició hace más de 136 años, y que, pese a todas las dificultades que se ciernen sobre la prensa, tiene la más determinada vocación de futuro.

Pensando en el presente y en el futuro, asisto hoy feliz y orgulloso a uno de los días más brillantes de mis muy largos 50 años de entrega, porque tengo el honor de compartir los mismos grandes deseos de nuestro galardonado, el excelentísimo señor Marcelo Rebelo de Sousa, Presidente de la República Portuguesa. Y hacerlo bajo el amparo y el símbolo de nuestro Rey, Felipe VI.

Presidente, Majestad, mi consideración, mi servicio y mi respeto.

Por España.

Por Portugal.

Por Galicia.

Muchas gracias.