Pablo Casado, Andreotti y Talleyrand

Roberto Blanco Valdés
Roberto Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

26 oct 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Que quien, como Pedro Sánchez, calificó, sin inmutarse, de indecente en un debate televisado ante muchos millones de personas al entonces presidente del Gobierno (Mariano Rajoy) decida romper las relaciones políticas con el actual líder de la oposición mayoritaria (Pablo Casado) por haberlo tildado de «golpista» demuestra algo de sobras conocido: la capacidad de los políticos de cualquier color para ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. En este caso, para ofender sin reparos por lo mismo que se sienten ofendidos. 

Dicho lo cual, la acusación de Casado a Sánchez es, además de una falsedad impropia de quien aspira a la presidencia del Gobierno, una gran torpeza, que solo sirve para ocultar bajo un embuste verdades como puños. Escribió el gran político francés Charles Maurice de Talleyrand (1754-1838) que «todo lo exagerado es insignificante», verdad que Casado, propenso a la exageración desde que llegó al puesto que ahora ocupa, ha olvidado, para perjuicio suyo y del PP. Exagerar es en política -aunque no solo en política- una forma como otras de perder la posibilidad de ganar cinco por la irreal (y no pocas veces inmoral) pretensión de ganar diez.

Sánchez no es un golpista, pues ninguna de sus acciones para llegar al poder son equiparables ni de lejos a un golpe de Estado. Sánchez no hizo nada ilegal con su censura, ilegalidad que define siempre la acción de los golpistas, sea esta la que fuere. Lo cual no quiere decir que las alianzas políticas que Sánchez tuvo que tejer con los independentistas para entrar en la Moncloa, y las que tiene que seguir alimentando para continuar allí, con el magro sostén de 84 diputados, no merezcan una severa crítica política.