Pitó peligro


Seguridad jurídica. Es el mantra utilizado como freno de mano cuando el sistema parece acelerarse. El paraguas que se abre si asoma el temporal por el horizonte. Pasos firmes. Pero la cosa cambia cuando un fallo genera «enorme repercusión económica y social». Con esas palabras congeló Luis María Díez-Picazo la célebre sentencia sobre las hipotecas dictada por el Tribunal Supremo. A la nevera con el fallo, que se nos han asustado los bancos y las agencias de calificación con tanta frescura. Es como la carne de buey, necesita pasar por la cámara frigorífica. Apetece usar esa expresión que utilizan en las retransmisiones de fútbol cuando un árbitro señala una falta a un atacante en el área rival: «Pitó peligro». Aunque también podría decirse que el Supremo por primera vez ha pedido el VAR. O que va a consultar a las bases. En todo caso, es de agradecer esta sensibilidad, eso de plantearse qué pensará la gente, cómo reaccionará ante esta decisión judicial. A pesar de que la sensibilidad selectiva no se tenga en cuenta en otras cuestiones. Ahí están las bajas de paternidad y de maternidad. ¿Para qué equipararlas? Si solo es una cuestión médica, fisiológica, de parir. Oiga, señora, dé usted a luz y recupérese, y el padre que atienda a sus obligaciones. Lo otro, lo de la conciliación, es política. Como si esto fuera una escena de posguerra en Amar en tiempos revueltos. Pero se trata del Tribunal Constitucional. Y aquí no cabe pirueta o giro en el guion. Habrá muchos que compartan el mosqueo del fallo y de su argumentación y que tendrán que tragárselo. Como María Luisa Balaguer la jueza del voto discrepante ante la gran mayoría masculina del tribunal. Pero hasta aquí ha llegado la sensibilidad. El árbitro no pita peligro.

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