ERC: el error del mal menor


Cuando Artur Mas dio un salto al vacío envolviéndose en una bandera independentista que nunca fue la suya para disimular el manifiesto fracaso de su gestión, puso la primera piedra de un proceso que ha resultado ser catastrófico para Cataluña. De torpeza en torpeza, fue capaz primero de destruir lo que fue CiU, una formidable maquinaria electoral que aglutinó a todo el nacionalismo centrista y gobernó Cataluña durante décadas. Fracasados sus intentos de obtener prebendas económicas del Estado a costa del resto de comunidades, Mas emprendió una huida hacia adelante. Mediante sucesivas convocatorias electorales, logró que lo que representó siempre el nacionalismo moderado menguara hasta quedar reducido a cenizas, mientras daba alas al independentismo radical y de izquierda de ERC, hasta entonces residual o mero comparsa de CiU. Todo ello, sin conseguir otra cosa que destruir la reputación internacional de Cataluña y crispar la convivencia social.

Con semejante currículo, parecía imposible que el nacionalismo pariera un político más dañino para su tierra que Mas. Pero en esto apareció Carles Puigdemont y convirtió lo que hasta entonces había sido un cúmulo de despropósitos en un delirio ya absolutamente irracional, que concluyó con un suicida golpe de Estado desde el poder; con él mismo huido de la Justicia y con muchos de los que le siguieron en esa loca carrera encarcelados y acusados de gravísimos delitos. Y todo ello, de nuevo, sin lograr otra cosa que provocar un grave enfrentamiento civil y la huida de miles de empresas, temerosas de ser arrastradas por esa especie de napoleón pirado que hoy se refugia en Waterloo.

La lógica indicaba de nuevo que nada podría ir peor, fuera quien fuera el sustituto. Y entonces llegó Joaquim Torra para demostrar que todo es susceptible de empeorar. Así, Cataluña pasó de estar gobernada por un chiflado a estar regida por un racista. Pero, y aquí quería llegar, la degeneración a la que ha llegado lo que en su día fue CiU ha llegado a tal grado que, por comparación con Torra, algunos constitucionalistas despistados empiezan a considerar un estadista a un histrión como Gabriel Rufián o un personaje recuperable para la política a alguien como Oriol Junqueras, el inventor del independentismo místico. Si alguien piensa que los problemas de Cataluña se arreglarán con una fractura secesionista que sustituya a un xenófobo como Torra por un iluminado como Junqueras, es que no ha entendido nada. La salida al laberinto catalán no llegará nunca de la mano de esa ERC que ahora se repliega y no pone plazos a su plan separatista. La solución es que en Cataluña impere el orden, la ley y la cordura. No elegir el mal menor.

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