Esperpento independentista


Hay quienes sostienen rotundamente que la situación en Cataluña es peor que hace un año, cuando tuvieron lugar el referendo ilegal y la declaración unilateral de independencia. Si nos fijamos en el estallido de episodios de violencia y enfrentamiento civil en las calles, puede ser cierto, aunque según el juez Llarena ya los hubo en el 2017, lo que justifica, en su criterio, la acusación de rebelión a los líderes del procés. Pero de lo que no hay duda es de que los independentistas están mucho peor. Divididos y desconcertados, sus contradicciones internas han quedado a la vista más claramente que nunca. Solo los une la retórica separatista y la reivindicación de la libertad de los que llaman presos políticos. Un año después de la disparatada represión del 1-O, con aquellas imágenes de duras cargas policiales que dieron la vuelta al mundo y proporcionaron una impagable propaganda a los secesionistas, lo que hemos visto ahora es a los Mossos apaleando a los CDR. Pero el símbolo del desbarajuste en que se ha instalado el independentismo es el patético espectáculo que ha dado estos días Quim Torra, superando todos los registros de incompetencia y ridículo imaginables, y mostrando su cara de activista de quinta fila. Un presidente que alienta a apretar a los radicales y luego se ve obligado a aporrearlos; que lanza un ultimátum a Pedro Sánchez, amenazándole con hacerle caer, que no apoyan ni los suyos; y que envía cartas al papa y a Trump para que avalen su intento de voladura del Estado español. Desde las filas más exacerbadas del separatismo ya le llaman traidor y piden su dimisión. Los dirigentes separatistas han creado un monstruo incontrolable lleno de frustración que ahora amenaza con devorarlos.

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