La proposición


La ceremonia en la que se entregaron los principales premios de la televisión norteamericana consiguió ayer la audiencia más baja de su historia. Un fiasco para tantas expectativas creadas. En la considerada edad de oro del medio, galas como los Emmy o los Óscar ya no logran interesar a los espectadores como antiguamente, algo que indica que estos largos ritos gremiales necesitan reinventarse como espectáculo. Al público le gustan las sorpresas, el giro inesperado, pero poco de eso aparece cuando los maestros del entretenimiento insisten en seguir de carrerilla el guion de todos los años.

Por mucho que la gala de los Emmy de este año festejase la grandeza de Juego de tronos o la fresca chispa de Mrs. Maisel, el momento más comentado de la retransmisión fue una escena propia de una antigua comedia romántica. El director Glenn Weiss tuvo un espontáneo arrebato amoroso y pensó que su minuto de agradecimiento por el premio que acababa de recibir era el momento óptimo para proponerle matrimonio a su pareja. Y dicho y hecho. Sacó del bolsillo el anillo que había pertenecido a su madre, fallecida dos semanas antes, y se arrodilló a la vieja usanza para plantear la gran pregunta. Ni dragones, ni efectos especiales, ni ambientación de época. Ese gesto tontorrón sacó al público de su modorra, puso al auditorio en pie y dejó a los actores de la platea conmovidos hasta las lágrimas.

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