Sánchez y Casado se hacen amigos


Pedro Sánchez se ha erigido en el principal enemigo de Pedro Sánchez. Con sus rectificaciones, resbalones y cambios de criterio, está despilfarrando las ricas expectativas electorales que la moción de censura puso en sus manos. Curiosamente, muy pocos previeron las causas de su acelerado desgaste. La mayoría le auguraba un corto recorrido y un rápido y fatal desenlace, por diversas razones. Por su anemia parlamentaria, por la supuesta hipoteca contraída con socios de variopinto plumaje, por su impotencia para resolver grandes asuntos pendientes -Cataluña, desaceleración económica, reforma de las pensiones, financiación autonómica...- o por la cruzada a sangre y fuego que anunciaba la oposición. Cien días después, el óxido comienza a corroer la carrocería del Gobierno, sí, pero por motivos bien diferentes a los que preveía la mayoría. 

En el rostro de Sánchez apenas se perciben rasguños de la oposición. Sus heridas son autoinfligidas. Fruto de la descoordinación, gestos frívolos y mensajes contradictorios. La palma se la lleva su reacción al destaparse las irregularidades del máster de Carmen Montón. Pedro Sánchez desaprovechó una espléndida oportunidad de certificar su voluntad de regenerar la vida pública y, simultáneamente, propinar una estocada al líder del PP que sigue entrampado en su propio máster. Al contrario, con sus titubeos y silencios primero y la absolución de la ministra tres horas antes de su dimisión, dilapidó buena parte del capital acumulado. Actuó como el nuevo rico que olvida el origen de su fortuna: su promesa de ejemplaridad e intransigencia contra todo atisbo de corrupción. Y alimentó la sospecha de que todos son iguales.

Pablo Casado se ha erigido en el principal enemigo de Pablo Casado. Desactivado su principal adversario, solo le resta combatir con su otro yo: liberarse del fantasma de su pasado académico que lo persigue por las esquinas. Vistos los precedentes, se equivoca si piensa que una resolución favorable del Tribunal Supremo zanjaría la cuestión. De asistir a clases, sabría que no hace falta cometer un delito para merecer la condena política. Pompeya fue reprobada por Julio César con un argumento de peso: «No basta que la mujer del César sea honesta; también tiene que parecerlo». La buena mujer había asistido, como mera espectadora, a una Saturnalia legal. Casado participó en la orgía de titulaciones organizada en el chiringuito universitario de Álvarez Conde: motivo suficiente para que siga el camino de Cifuentes o Montón.

A cuenta de los másteres, Sánchez y Casado han iniciado una fecunda relación de intercambio. Hoy por mí y mañana por ti. Mi máster a cambio de tu tesis doctoral. Enterremos los pecadillos de juventud, ya prescritos, y pongamos sordina al bocazas de Rivera. Solo falta que alguno de los dos pronuncie la frase de Rick en Casablanca: «Presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad». Lástima que la reconciliación y la mutua comprensión no se extienda a asuntos de mayor enjundia.

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