Mamá sale en el Fortnite


La escena es similar en muchas casas: llegamos al final del verano con los niños jugando al Fortnite, disparados del todo, y apuntando a la tele con sus auriculares: «¿Dónde vas a caer?», «¡ahí no!», «¡cuidado con ese que se te echa encima!»... Es un mundo concreto de instrucciones que los críos reproducen en tiempo real con sus amigos de toda la vida que, a la vez, desde los mismos salones, dibujan la misma escena. Los chavales se hablan por la consola mientras los padres y las madres andamos como zombis entrando y saliendo de ese cuadro de grandes dimensiones: aparecemos recogiendo el cuarto, aspirando, limpiando, mientras ellos siguen a lo suyo, entregados a la guerra con sus amigos. Pero en ese nuevo rol a varias bandas, en que todos nosotros estamos conectados al mismo tiempo, se cuela también nuestra vida por el hilo que se oye a través de la consola. De modo que mientras los críos comparten conversación por el Fortnite se cotillea la vida de los otros: «Nada, es mi padre, que dice que lo deje ya, que nos vamos a comer», «Es la pesada de mi hermana, que le acaba de pegar a mi hermano». Y así entre disparos, se dispara también la vida cotidiana a uno y otro lado del hilo de la consola. Lo sé porque ya no es la primera vez que a través del Fortnite se oye a otra madre desesperada dando instrucciones: «¡Álex, que te tomes ya el Cola-Cao!». Glups. Esa orden sí que da mucho juego.

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