La ex vicepresidenta (no) rechaza

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La ex vicepresidenta se va porque perdió. No hay más. El móvil deja de sonar. Los grupos de guasap disminuyen (esos nunca se callan del todo). Señalada por el dedo de Mariano, Sáenz de Santamaría tenía tanto poder que no dejaba títere con cabeza. Y los muertos se pagan. Soraya se ahogó en la sangre derramada. Descuidó el flanco más importante: el del partido. En el PP, dicen, no la podía ver casi nadie. Su club de fans, cuentan, cabía en un bus de los pequeños. 

Ella era la elegida, la ungida, la señalada. Ella tenía hilo directo con el presidente, hasta que el presidente desapareció hacia su plaza de registrador. Explican que Soraya no tenía cintura de política. Que era muy de desplantes. Soraya no le dijo que no a Pablo Casado. Fue a ella a quien le dijo que no la militancia. Casado solo ejecutó la sentencia.

Ayer se cumplió lo que estaba cantado desde la votación. No se puede ser el conde duque de Olivares, el marqués de Esquilache y el conde de Floridablanca, todo junto durante el mandato de Rajoy, tener ese poder casi absoluto de valida, y luego aceptar ser pata de banco, candidata a alcaldesa o a una comunidad. Soraya debió de pensar que le ofrecían la comunidad de vecinos. No se puede ser reina y señora y luego perder sin resaca. Cada decisión deja secuelas. Controló a los espías. Todavía se temen sus posibles dossieres. Le tocó Cataluña y no lo pudo hacer peor. Pero seguía a la derecha del presidente. Hasta que se quedó sola.

Los políticos mienten muchas veces. La mentira es su líquido amniótico. Crecen y se desarrollan en él. Ni Casado quería trabajar en equipo con su rival ni Soraya se iba a ir a jugar a los bolos con él. El poder es frío como una lápida de mármol. No conoce amistades. De ahí esa sonrisa que se les va cuajando en mueca. Lo del servicio público es como un Rólex falso, una horterada.

El móvil no suena como antes y el político se ahoga. Ella tenía más poder que Gaudí cuando pintaba en un folio la Sagrada Familia. Hacía lo que le daba la gana. El poder coloca. Y la ausencia de poder descoloca. El primero que felicita en la victoria a un político es quien más quería que perdiera, el que más sonríe es el del puñal. Soraya queda como cabo de guardia en la Historia de España.

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