Los Presupuestos de la lechera


Si Sánchez e Iglesias quisiesen iniciar una nueva cultura presupuestaria, deberían empezar por hablar de los ingresos, del déficit que pueden aceptar y de los costes financieros que pueden contraer, de su capacidad para gestionar tantas promesas, de los condicionamientos legales y los efectos recurrentes que generan sus utopías, y del nivel de sostenibilidad que alcanza el sistema en función de la su capacidad de generar riqueza y mantener las actuales tendencias expansivas. Pero, si hemos de hacer caso a lo dicho en la comparecencia de Iglesias, los cogobernantes parlamentarios solo entraron en el capítulo de gasto. No analizaron en qué medida sus acuerdos son compatibles con las propuestas de otros socios necesarios. No calibraron su capacidad de modificar el techo de gasto. Y no hicieron ninguna de las proyecciones esenciales para una política presupuestaria seria y rigurosa. Y a eso se le llama, lamento decirlo, «presupuestos de la lechera», porque toda la jauja feliz que se construye a base de vontade política depende de un inestable jarro de leche que se tambalea sobre sus cabezas.

La primera consecuencia es que, a la hora de ofrecer la embelesadora ristra de impuestos que van a crear o modificar, y los cambios que van a producirse en los colectivos de beneficiados y contribuyentes del nuevo Estado providencia, todo apunta a que, tras amilanarse ante el reto de crear un modelo tributario estilo Luís Candelas, que roba a los ricos -la banca y la Iglesia católica- para dárselo a «los pobres del mundo» y a la «famélica legión», se vieron forzados a proponer las clásicas rebajas a los impuestos indirectos -el IVA-, y a los autónomos -que van a tributar por facturación y no por beneficios-, cosas que, más allá de su escasa incidencia en los ingresos del Estado, van a suponer beneficios lineales para ricos y pobres, con un menú muy parecido a un pan con dos obleas.

Esta es la razón por la que, a la vista de los magros acuerdos que pueden servir para justificar un pacto que a los dos -PSOE y Podemos- les resulta tan antipático como inevitable, se han ido por los cerros de Úbeda, mediante el conocido principio de enunciar incrementos salariales, actualización de las pensiones, cambios en la normativa laboral y barra libre en todo tipo de ayudas, gratuidades y servicios cuyo futuro no depende para nada de la voluntad de establecerlos, sino -¡vaya por Dios!- del rigor y la sostenibilidad del gasto y de la capacidad de generar más riqueza, dos bases del sistema sobre las que no hablaron o pasaron de puntillas.

El mismo jueves por la mañana, en una brillante demostración del nuevo estilo de gobernar, el presidente Pedro Sánchez había acordado con el comisario Moscovici todo lo contrario -contención y rigor- de lo que le acordó con Iglesias.

Y por eso tengo la sensación de que tanto Iglesias como Sánchez, especialmente este último, se han embarcado en una huida hacia delante que solamente presagia -¡ojalá esté equivocado!- desilusión y tormentas.

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