La familia, quien mejor conoce a sus gemelos


Es fácil que estos días se estudie en muchos colegios qué hacer con los hermanos gemelos. Debe ser difícil criar en la singularidad a dos personas exactamente iguales, una experiencia que a quienes nos es ajena suponemos confusa. Tampoco es fácil en el caso de los mellizos porque, aunque diferentes, siempre han tenido un compañero de juegos incondicional. Dicen quienes saben que en esto, como en casi todo, no hay una receta mágica. Cada caso es un mundo, o incluso dos.

La decisión que parece más polémica es separar a los menores. Cuando el colegio acepta mantenerlos en una misma aula pocas veces se topa con la esperanza de la familia de que estén en lugares diferentes. Pero al revés, la cosa cambia. Desde fuera, se ve normal que los gemelos estén en clases distintas. Así no tendrán que hablar en plural (algo al parecer bastante común en estos casos) ni contarán con la excusa perfecta para aislarse del resto. Pero, ¿y si fuesen mis hijos? Supongo que me gustaría tomar la última decisión, porque nadie conoce mejor a un menor que su familia. Tal vez a los doce años escondan mil cosas que los padres ni siquiera supongamos, pero a los tres o cuatro años suelen ser un libro abierto. Es cierto que las familias resultamos muy pesadas y creemos que nuestros retoños son lo nunca visto; cometemos errores de apreciación constantemente. Pero también es verdad que todas nuestras equivocaciones como pésimos educadores las acabamos pagando en casa.

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