El celibato de los sacerdotes católicos


La frase «descartada la cuestión sexual, veamos de que podemos ocuparnos» es de Groucho Marx, pero viene como anillo al dedo para comentar la visita del papa a la católica Irlanda. Los tres últimos pontífices hicieron frente al asunto de los abusos sexuales en el seno de la Iglesia católica. Se trata de denunciar primero; es decir, publicar y sacar a la luz para conocimiento general aquellos hechos en los cuales un sacerdote católico, aprovechándose de su superioridad moral, fuerza o convence a un joven para tener relaciones sexuales. Y después, tras la denuncia, las medidas a adoptar son y han sido variadas, desde la confesión, el pedir perdón y el arrepentimiento (meros gestos sin efectos compensatorios) hasta la imposición de penas, civiles e incluso penales, y en todo caso indemnización económica por los daños, pasando por la suspensión o expulsión del ministerio sacerdotal y la retirada a un convento con penitencia y oración.

Se dice que el papel aguanta todo y las estadísticas son el arma que permite demostrar realidades contrapuestas: todos ganan y todos pierden -Così é (se vi pare), de Pirandello-. Con las estadísticas y los números todo queda al albur de la interpretación, y así sucede en el caso que nos ocupa.

Según el Anuario Pontificio 2017, el número de católicos bautizados en 2015 era de 1.285 millones; es decir, el 17,7 % de la población mundial. Y el de clérigos ascendía a 466.215, con 5.304 obispos y 415.656 sacerdotes. A estos habrá que añadir los diáconos permanentes (45.255), los religiosos profesos no sacerdotes (54.229), las religiosas profesas (670.320) y los seminaristas mayores (116.?843). En resumen, la población potencialmente abusiva o dominante, si se permite la licencia, es de un millón, frente a un billón largo de población potencialmente expuesta al abuso o dominio sexual.

Por otro lado, los casos denunciados de abusos sexuales no pasan de 3.000. En definitiva, representan el 3 % de los clérigos y el 0,00 3 % de las víctimas. O dicho de modo más benigno, el 97 % de los sacerdotes católicos están libres de toda imputación. El dato desde el punto de vista cuantitativo es absolutamente irrelevante. Pero muy preocupante desde la perspectiva ética o moral y, sin duda, religiosa. No hace falta argumentarlo. El problema, a mi juicio, no reside en la denuncia, en todo caso necesaria, ni siquiera en las sanciones o posibles reparaciones (si es que se puede reparar semejante daño) sino en afrontar la causa del fenómeno.

Hay que acudir a la raíz del problema pues, como sucede en medicina, la mejor cura es el remedio o fármaco que ataca, no los síntomas, sino las causas de la enfermedad.

Es un hecho evidente que, salvo excepciones, el ser humano está dotado de vigor sexual. La sexualidad es uno de los componentes esenciales de la persona, sin la cual la humanidad probablemente habría dejado de existir. Además, es un factor básico para la estabilidad física y emocional, y uno de los mayores placeres que la naturaleza ha reservado a los seres humanos. Reprimirla o sublimarla, que es otra forma sofisticada de represión, es simplemente una aberración.

Los argumentos que sostienen el celibato obligatorio en el sacerdocio católico carecen de fundamento. Decir que así podrá dedicarse plenamente a su ministerio es tan absurdo como decir que formar una familia y procrear es un impedimento para el pleno desarrollo de la profesión; léase, médico o enfermero, pianista o compositor. Argumentar que Jesucristo, fundador de la Iglesia católica, eligió a doce varones célibes, y así cerró el paso tanto al matrimonio de sus discípulos como el acceso de la mujer al sacerdocio, es tan absurdo como anclarse en el inmovilismo. Se habrán dado cuenta que han transcurrido veinte siglos y que la tierra gira alrededor del sol.

Aunque hay estudios que lo desmienten, son más los que sostienen que el celibato obligatorio es una de las principales causas de los abusos sexuales en la Iglesia católica, prácticamente insignificantes en otras congregaciones donde no es una imposición. Pedófilos y dominadores seguirán existiendo, pero su número disminuirá sensiblemente si el papa realiza, por fin, las dos grandes reformas que necesita la Iglesia católica: la exoneración del celibato y la admisión de la mujer en el sacerdocio.

Si el actual papa Francisco lo consigue, no solo habrá vencido a sus rancios detractores sino que será siempre recordado como el papa que sentó las bases de una iglesia más igualitaria y más liberada, donde la cuestión sexual podrá ser descartada de la doctrina eclesial.

Autor Ignacio Arroyo Martínez Abogado y Catedrático de Derecho

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