Homenaje a Cardesín de Chamosa


Aunque tenía nombre de mosquetero del rey, Cardesín era el primer apellido de un agricultor de Forcarei que vivía en el lugar de Chamosa, y que, en los días de mi niñez, se hizo famoso por erigirse en jefe indiscutible de los seis gigantes que abrían paso, el último domingo de agosto, a la procesión de A Virxe das Dores. Cardesín se había ganado la vida como agricultor. Pero cuando ya frisaba los 65 años descubrió dos vocaciones que nadie le suponía: la de grabar un disco con aires de copla -que finalmente le registraron con el primer magnetofón que llegó a Forcarei-, y la de comandar aquel pelotón de gigantes que a veces se indisciplinaba y deslucía la procesión.

Y todo fue dicho y hecho. Un grupo de bromistas, de acuerdo con la comisión de fiestas, le hicieron un uniforme de brigadier rural, le dieron una gorra de plato del camiñeiro das Rabadeiras, y le entregaron el mando de aquella tropa que, desde el primer momento, aceptó hacer instrucción el sábado por la tarde, y poner en práctica sus bien marcadas órdenes a la voz de «¡ar!» Y la procesión de Forcarei adoptó el estilo formal que aún conserva, con gran reconocimiento y aprecio al improvisado brigadier que tan en serio se había tomado su función.

Pero, tres años más tarde, Cardesín de Chamosa acabó creyéndose su papel. Y, aunque la parte procesional siguió desarrollándose de forma impecable, empezó a creer que los gigantes eran suyos, que solo podían salir a la hora que él decía, ser llevados por los mozos que él escogía y bailar lo que a él le placía.

Hasta que los gigantes conspiraron y se sublevaron. Y, tras la procesión de 1959, pusieron en marcha su plan: cuando Cardesín decía «¡derecha, ar!», los gigantes giraban a la izquierda. Si ordenaba marcha, paraban, y si decía alto, echaban a correr, hasta que Cardesín llegó a un estado de nerviosismo insospechado. En ese momento, cumpliendo la segunda parte del plan, apareció mi tío Jaime vestido de general de división, con bastón de mando y con una gorra de plato de cartero -que le había cogido a mi padre-, y empezó a dar órdenes contrarias a las de Cardesín, que los gigantes obedecían con la precisión propia de soldados recién licenciados.

Cardesín se enfadó como nunca lo hacía. Rompió su bastón contra la armadura del gigante rey, tiró al suelo la gorra del caminero, y dimitió. Y jamás volvió a ejercer de jefe, aunque todo el pueblo -muy arrepentido- se lo pidió. Las últimas veces que lo vi fue en la procesión, entre la gente de su aldea, devoto como siempre, y sin añorar para nada sus glorias de brigadier.

Ahora -cuando tengo la edad que él debía tener entonces- lo recuerdo, con especial ternura, cuando pasa la Virgen. Y no solo por la nostalgia de los años perdidos y los vecinos que ya no están, sino porque, con la experiencia de ver a tantos políticos que solo quieren mandar sobre inútiles y mequetrefes, Cardesín de Chamosa sigue siendo, en mi recuerdo, el único hombre real que quiso mandar sobre gigantes.

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