El líder de Podemos ya ensaya su golpe

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El día de Reyes de 1959 llegó a Forcarei un «balón de reglamento». Y fue tal su efecto sobre la política deportiva del municipio, que bien pudiera compararse al día que el Almendralejo FC ascendió a primera división. Los equipos jugaban mejor; las chicas iban a los partidos; empezamos a decir palabras exóticas como penalti y orsay; e incluso le pusimos un larguero de cuerda a los palos que hacían de porterías. Todo iba de maravilla hasta que un día, mientras discutíamos un penalti -porque el arbitraje rural era democrático- llegó Xaquín, cogió el balón y dijo: «O balón é meu, e se se tira o penalti acabouse o partido». El penalti, obviamente, no se tiró. Pero el renacimiento del deporte forcaricense quedó herido de muerte. Porque aquel manoseo del reglamento, por puro interés personal, sigue lastrando nuestro estilo futbolero.

Parecidas cosas suceden hoy con nuestras reglas democráticas, que, lejos de servir para ordenar el juego político, están convertidas en recursos espurios para ganar los partidos en tiempo de descuento. ¿Que no tengo mayoría en el Senado para aprobar el techo de gasto? Pues le hurto la competencia y ya está. ¿Que, además de fracasar en mi prodigalidad inmigratoria, se me sublevan los subsaharianos y dejan en ridículo a Marlaska? Rescato una ley que estaba en desuso, les aplico -en términos progresistas- las devoluciones en caliente, y a otra cosa, mariposa. ¿Qué me da vergüenza explicar el uso del avión presidencial? Pues declaro secreto de Estado el concierto de The Killers, y queda todo más claro que el agua. ¿Qué no puedo o no quiero publicar la lista de los amnistiados fiscales, y la gente me lo reprocha? Pues publico las inmatriculaciones de bienes de la Iglesia, y presumo de laico ante el mismísimo Stalin. ¿Que Franco se me resiste, y no se deja desenterrar a capricho y oportunidad? Pues califico de máxima urgencia un tema que lleva pendiente cuarenta años, echo mano del decreto ley, e incinero los huesos y charreteras del general Ísimo antes de que se resuelva la primera reclamación. Et sic de alliis…, decían los escolásticos.

La pregunta es: ¿quién y para qué dirige este modelo, en todo contrario al tradicional espíritu socialista? Y la respuesta no es otra que Pablo Iglesias, que, prevaliéndose de su reputada osadía, y de la debilidad extrema en la que sobrevive Sánchez, se está entrenando para hacer de salvapatrias. ¿Y qué es un salvapatrias? Pues un señor que, en vez de aceptar que los países hay que gobernarlos dentro del sistema, cree que los procedimientos y las leyes solo son enredos infantiles que frenan las ocurrencias y genialidades de los líderes naturales que desean hacernos felices, y que por eso es imprescindible ajustar y domesticar el sistema, para que se pliegue a la fuerza transformadora del poder absoluto. Igual que Maduro, Erdogan, Trump, Salvini, Putin, Orbán y otras dulces criaturas, que ya pusieron a sus países en la senda inescrutable del paraíso terrenal.

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