Pablo Iglesias, presidente a su pesar


Entre las muchas cosas interesantes sobre Donald Trump que desvela el libro Fuego y furia: dentro de la Casa Blanca, escrito por el periodista Michael Wolf, se encuentra una que, a mi juicio, no ha sido suficientemente estudiada. El excéntrico empresario norteamericano no tenía en realidad ningún deseo de convertirse en presidente. Lo único que buscaba con su candidatura era adquirir notoriedad y publicidad gratuita para sus negocios. Cuando, molesta por el acoso de la prensa, su mujer le preguntó cuándo acabaría todo eso, Trump le contestó que pronto, porque sus propuestas eran tan disparatadas, que no tenía ninguna posibilidad de ganar. Según la tesis de Wolf, solo la incompetencia del resto de candidatos del Partido Republicano y la estupidez de una gran parte del electorado acabaron dando a Trump el gran disgusto de convertirse en presidente. Revela Wolf que lo primero que sintió el magnate al llegar a la Casa Blanca fue pánico. Tanto, que durante los primeros días, se recluyó apesadumbrado en su habitación. Su primera decisión como presidente fue ordenar que le instalaran dos televisiones en su dormitorio. 

Lo anterior es un ejemplo perfecto de como quien entra en el juego de la política por puro divertimento puede acabar asumiendo a su pesar responsabilidades que no desea ejercer. En España, tenemos un caso claro en Pablo Iglesias, que fundó Podemos casi como un experimento social, sin un deseo real de acabar gobernando. Las propuestas con las que Podemos se presentó por primera vez a unas elecciones, en este caso las europeas del 2014, eran tan estrafalarias que ni el propio Iglesias calculó que podrían tener el apoyo que obtuvieron. Incluían cosas como la jubilación a los 60 años, que todos los españoles cobraran el salario mínimo sin necesidad de trabajar o el impago de la deuda externa. Tras el éxito en aquellos comicios con tan quiméricos planteamientos, Iglesias, asustado, rectificó de inmediato eliminando de su programa semejantes despropósitos, sustituyéndolos en las generales por otras propuestas no menos irrealizables, pero más cercanas a la realidad, no fuera a ser que, al final, a los españoles les diera por obligarle a regir los destinos del país.

Pues bien. Ese momento ha llegado. Tras la moción de censura de Pedro Sánchez, un Iglesias asustado de tener que asumir responsabilidades está haciendo al líder del PSOE exigencias cada vez mayores a cambio de su apoyo a los Presupuestos, con la intención de que este las rechace y le libere así del yugo del poder. Con lo que no contaba Iglesias es con que Sánchez, dispuesto a vivir en la Moncloa a toda costa hasta el 2020, las iba a aceptar todas, incluida la de cambiar por las bravas la ley presupuestaria para impedir que el PP, que tiene mayoría absoluta en la Cámara Alta, pueda vetar el techo de gasto. Y así hemos llegado al estrambote de que Iglesias se ha convertido, a su pesar, en presidente de facto casi plenipotenciario, que deroga a su antojo las leyes que le molestan, burlando así las reglas de juego democrático.

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