Olvidadlos


Por la espalda, como mataban los cobardes en las películas que veíamos de niños. Así asesinó el exmarido a Ana Belén, que tenía los mismos años que yo, 50. Una mujer de Cabana que ayer empezaba a trabajar en una fábrica. Tal vez por eso la mató. Su exmarido (igual aún lo fuese legalmente, pero imagino que Ana Belén ya lo consideraba pasado) le descerrajó tres tiros mientras ella huía, y supongo que lo hizo para que no pudiese comenzar una vida sin él.

Es la historia clásica: una familia conocida y muy querida, nadie sabía nada, todo parecía normal y ¡de repente! pum pum. Pero no, no es «de repente», es justo en el momento en que ella (Ana Belén y tantas otras) dice basta, se acabó, adiós muy buenas. Y su marido prefiere verla muerta antes que libre. Porque si ya no es suya, ¿qué le queda? ¿A quién va a someter en los días malos, cuando lleguen las humillaciones? No podrá compensarlas con el dolor de la Ana Belén de turno. Sabe que el miedo se lo va a quedar enterito; que mientras él se reconcome en sus frustraciones, ella florecerá, que a pesar de sus heridas y cicatrices saldrá adelante. Porque una mujer que a los cincuenta años deja a un marido que es capaz de matarla es una mujer muy fuerte, valiente y optimista. No tardará ella en tener una vida propia en la que no volverá a perder un segundo mirando atrás. Eso es lo que no soportan los maridos de tantas Ana Belén y precisamente por eso mismo no he escrito su nombre, porque en honor de todas ellas, quiero olvidarlo.

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