El soborno del cielo


Si Dios fuera una dama no tendría barba luenga, ni confirmaría que lo divino deba tener forma de varón ni, posiblemente, el prefijo patri sería mucho más común que matri, casi exclusivamente referido a la naturaleza femenina, mientras que el otro tiene numerosas acepciones vinculadas a lo social: gobierno, poder, bienes económicos... Cuando las religiones monoteístas tomaron partido a favor del sexo masculino, legitimaron su superioridad como regulador y normativizador de la sociedad.

He aquí un ejemplo: The Blue Street Journal decía que en un año se habían introducido más de seiscientos proyectos de ley para regular derechos reproductivos de las mujeres y cero para regular cualquier aspecto semejante relacionado con los hombres. Además, del total de legisladores que tenían que abordar estas propuestas, el 77 % de los líderes mundiales contrarios eran hombres que nunca tendrían que verse sometidos a la legislación que estaban elaborando. Vayan aquí algunos más. En estos días asistimos a situaciones diferentes y parecidas a la vez, que tienen lugar en sociedades del otro lado del Atlántico.

De una parte, el llamamiento a la apostasía masiva del catolicismo, en respuesta al argumento de la fe católica como objeción de conciencia para votar contra la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo en Argentina, algo inédito pero que no parece alarmar al Vaticano.

De otra, los escándalos de pederastia en las altas jerarquías de esa misma iglesia en Estados Unidos y Chile.

El aborto atañe, directamente, a la mujer que debería poder decidir si puede, o no, asumir una gestación y sus consecuencias. La pederastia, atañe, directamente, a los hombres que, con casulla y alzacuellos, protagonizaron abusos, violaciones, humillaciones y todo tipo de los peores pecados del ideario católico porque tienen que ver con el sexo. Y atañe también, a las víctimas que son, vaya por Dios, mayoritariamente masculinas aunque las preferencias aquí pueden variar.

Por lo de pronto, no se aprecia igual intensidad en quienes dicen seguir los dictados de su iglesia a la hora de legislar, que a la hora de aplicar la ley cuando hay que pedir y aplicar justicia ?no divina, sino civil? contra quienes cometen crímenes de lesa humanidad. Ya no espero que sea la jerarquía católica quien reclame la intervención de los tribunales de justicia de los países donde se dan tales fechorías. Si acaso, lo esperaría de las personas que dicen tener problemas de conciencia a la hora de reconocer la prioridad de la vida de la madre sobre la de su hipotética descendencia. De lo contrario, se van a quedar sin parroquianos. Un argentino ilustre y conservador, como Borges, coincidía con Bernard Shaw en que para renegar a toda creencia había que dejar atrás «el soborno del cielo».

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