El fariseísmo se adueña de Barcelona

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Cuando en un contexto de politización extrema -que el independentismo utiliza para articular y envenenar su constante ataque contra el Estado- todas las instituciones se tiran un mes entero anunciando que no quieren politizar el aniversario de los atentados de las Ramblas y Cambrils, solo cabe pensar en aquel refrán -«dime de qué hablas y te diré de qué careces»- con el que la sabiduría popular identifica y desenmascara a todos los fariseos.

Porque los actos y los discursos protagonizados por las instituciones catalanas no fueron más que una descarada politización del dolor, dirigida a todos los puntos de la rosa de los vientos.

Y toda la presencia de las autoridades del Estado solo sirvió para poner de manifiesto una condescendencia acomplejada que ayuda a calentar el magma en el que se han convertido las relaciones institucionales, sociales y políticas entre Madrid y Cataluña.

Cuando una testigo directa de los atentados asume el rol de víctima, para decir que «nos sentimos engañados, abandonados, incomprendidos y tristes», no está hablando de paz y reconciliación, ni de mejorar la cooperación de los ciudadanos con los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado para luchar contra el terrorismo, sino que está profesionalizando el dolor, politizando su causa, y rearmando el empoderamiento social que con tanta prodigalidad se les otorga.

Cuando las asociaciones independentistas tratan frenar la asistencia a los actos oficiales, para dirigir al pueblo hacia celebraciones reivindicativas; y cuando sustituyen su presencia por pancartas diseñadas contra el Rey y la unidad del Estado, y dirigidas preferentemente a desprestigiar a todo el país ante la comunidad internacional, no están despolitizando los actos, ni dándole protagonismo a las víctimas, ni cambiando por silencio lo que podría ser una gran pitada, sino que están elevando los niveles de politización y desencuentro al máximo nivel que le permite la actuación judicial contra su causa.

Cuando se le da tanta importancia a este ceremonial de recuerdos -y aquí entramos todos: Estado, medios de comunicación, Casa Real, Gobierno, Generalitat, partidos y asociaciones-, sin reparar en lo artificial, impopular y oficialista que resulta todo este tinglado, no estamos favoreciendo la autodefensa de la sociedad, ni compartiendo el dolor de las víctimas, ni dando cauce a las bien asentadas formas culturales y religiosas con las que la inmensa mayoría de los españoles recuerdan a sus muertos.

Solo estamos haciendo una performance del dolor que siempre da como resultado que «pasou o día, pasou a romaría».

Lo que vi ayer en Barcelona me pareció una farisíada; o un certamen anual de dobleces y deslealtades con el que no tengo la obligación de solidarizarme.

Y por eso me alejo de tanta ceremonia, recordando aquellos versos de Victoriano Cremer: «España de anarquías y de obispos, / -armonía completa- / gran España, insaciable de sí misma; / más corazón que cabeza».

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