¿Quién defiende la España plural?

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«Yo he dicho siempre que no soy independentista, pero sí creo en una España diversa, plural, respetuosa y que eso no tenga límites». Con esas palabras, que ayer podían leerse en La Voz de Asturias y en la versión digital de La Voz de Galicia, justificaba José María Álvarez, secretario general de la UGT, la increíble presencia del sindicato que dirige en la manifestación celebrada el pasado 15 de abril en Barcelona a favor de la libertad de lo que, carentes de vergüenza, los independentistas denominan presos políticos: es decir, de los secesionistas que están en prisión provisional por la presunta comisión de gravísimos delitos.

Las palabras del dirigente sindical -quien reafirma que volvería a asistir a la manifestación «sin ningún lugar a dudas» pese a la escandalera que provocó en el seno de UGT la presencia allí del sindicato- ponen en una curiosa relación (la de ese ‘pero’ adversativo) independentismo y pluralismo: Álvarez, como otras muchas gentes en la izquierda, está en contra del primero, ‘pero’ a favor del segundo, de lo que, según las reglas de la sintaxis, cabe deducir que cree que, a pesar de todo, son los nacionalistas quienes defienden en España el pluralismo.

Nuestra historia desde 1977 en adelante demuestra con una apabullante claridad justamente lo contrario: que en todos los territorios con fuerte presencia nacionalista, su pluralismo interno (lingüístico, cultural y hasta político) ha sido concebido por los nacionalistas como una patología a extirpar y no como un bien a preservar. Y así, mientras se promovía como una exigencia democrática la construcción de un España plural, parte de sus comunidades se hacían más y más uniformes por una acción nacionalista destinada a acabar con el pluralismo interno característico de cualquier sociedad libre.

La exigencia de una España plural -en un país que, desde que se consolidó la descentralización, respeta las diversidades regionales de todo tipo como muy pocos en el mundo democrático- se ha convertido en realidad en el trampantojo con el que los nacionalismos catalán, vasco, gallego, balear o valenciano aspiran a construir un conjunto de territorios internamente uniformes en los que los rasgos de verdadera pluralidad desaparezcan. Y todo, claro, al servicio de proyectos sectarios de construcción nacional, cuyo objetivo no es otro que la segregación de España, como nuevos Estados, de todos esos territorios.

Que esa sea la posición de los nacionalismos entra dentro de la lógica, pues el separatismo forma parte esencial de su ADN: como ha escrito Ernest Gellner, el nacionalismo sostiene que nación y Estado están hechos el uno para el otro, y que el uno sin el otro «son algo incompleto y trágico». Pero que tal dislate lo comparta una parte creciente del PSOE es sencillamente incomprensible, por incompatible con su cultura y con su historia.

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