La fiebre por Travolta y por el «jogging» en EE.UU.


Es una fiebre no ya del sábado por la noche como la que sufre John Travolta sino de casi todas las horas del día: América se ha vuelto loca y corre y corre. Esta fiebre se llama jogging o running y es lo que los ingleses han definido siempre como footing, hacer piernas, correr. Es una epidemia nacional. Hay que guardar la línea, evitar el infarto, prolongar la esperanza de vida. Los norteamericanos se han propuesto vivir mejor y más tiempo que los japoneses y que los suecos. Veo aquí como todo el mundo madruga para enfundarse un chándal, calzarse zapatillas de atleta del maratón, darse linimento y salir hacia el césped o las aceras en busca de esa soledad que siempre acompaña al corredor de fondo. Los amigos que ayer vi hipnotizados por la televisión o dedicados al bricolaje hoy son robustos corredores. En los cócteles unos y otros joggers se intercambian experiencias.

«¿Cuántos kilómetros haces ahora?, te recomiendo estas zapatillas». «He perdido diez kilos». 25 de los 225 millones de norteamericanos de 8 a 88 años practican ya el running y hacen un promedio de diez kilómetros diarios. La industria del ramo se ha desarrollado y es una de las más prósperas entre las nuevas, las empresas comienzan a ceder a las sugerencias de sus empleados y les buscan tiempo y espacio para correr. Se trata de la inversión más rentable: un empleado sano y ágil es la mejor garantía de rendimiento. Los yanquis han aprendido de los japoneses: Tokio por ejemplo, de madrugada es lo más parecido a un estadio y poco antes de entrar en las fábricas y recitar el himno de la empresa los nipones, con una cinta en torno a la frente, corren y corren.

De costa a costa los Estados Unidos descubren las bondades del jogging: se ha decidido que el cuerpo es lo único importante, una máquina bien engrasada, el ejercicio más completo y sin apenas contraindicaciones. Correr rebaja peso, combate los ácidos y los tejidos adiposos, retrasa el anquilosamiento de las articulaciones, y previene los problemas cardiovasculares. El infarto de miocardio, si llega, se cura antes en un jogger que en los ciudadanos sedentarios vulgaris.

Los acólitos del jogging me hablan con unción de otras ventajas, correr proporciona el equilibro piscológico. Ya lo dijo San Ignacio de Loyola: «Mens sana in córpore sano». De ahí que no existe ahora mismo parque, montaña, sendero, camino que no esté surcado por corredores de todas las edades como autómatas con la mirada perdida en una meta inexistente.

Forman la internacional de los joggers; se tienen confianza entre ellos, se tienen por limpios y felices, los mejores. Forman una élite, una religión. Su biblia es El manual completo del corredor, de James Fixx, que sigue en la lista de best-seller desde hace más de medio año. La tesis de Fixx es cristalina: nuestra sociedad se halla en una fase egocéntrica, ha perdido la fe en el gobierno, los negocios, la iglesia, el matrimonio y está volcada sobre si misma. Invertimos la poca fe que nos queda en nosotros mismos. Compruebo también que los psiquiatras se zambullen en la interpretación y en la metafísica de esta moda andante.

Un psiquiatra aficionado, suscrito a todas las revistas especializadas, me explicaba que correr da seguridad, garantiza la estabilidad emocional, reduce la tensión en vísperas de acontecimientos importantes.

Algunos observadores temen los efectos nietzscheanos de esta fiebre yanqui (¿la formación del superhombre quizá?) Dicen también que cura las neurosis profundas y es de efecto más rápido que el bromuro, pero tiene sus inconvenientes. Aunque prefieren callárselo los corredores saben que ayer sufrieron una luxación, un tirón muscular, ampollas en las plantas de los pies o dolores a la espalda o que un amigo, o un conocido cayó fulminado en pleno ejercicio por un esfuerzo desproporcionado.

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