40 años después, seguimos


Recuerdo un anuncio en la Transición, en el que un hombre joven bajaba del autobús y un grupo de mujeres lo piropeaba. El señor ponía cara de angustia, se encogía ligeramente y seguía su camino. Era, lógicamente, una campaña para erradicar esa costumbre que, como tirar cabras de los campanarios, formaban parte del estilo español tradicional. Y aquí estamos, cuarenta años después, valorando si se debe piropear por la calle a una desconocida o no. Seguro que a alguna mujer le gusta recibir el requiebro de un desconocido con fraseos tipo «te comía hasta las telarañas», porque como decía el torero, hay gente pa’ to’. Pero a la mayoría de las jóvenes los piropos les disgustaban y les disgustan, cuando no asustan, y les hacen sentir incómodas y pequeñas. Forman parte de esa costumbre de categorizar a las señoras por su aspecto -sean actrices, panaderas o ministras- y otorgarles una valoración de mercado en función de él. Creo que hay tres preguntas que uno debe hacerse antes de decir que el piropo es algo inocente, sin componentes libidinosos, sexuales o machistas: ¿Por qué nunca se escucha si la mujer va acompañada de un varón? ¿Por qué se reducen lo piropos conforme las mujeres cumplen años? ¿Por qué nosotras nunca se los hemos dicho a los hombres?

Autor Sara Carreira Periodista

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40 años después, seguimos