Las orquestas de antes


Las vacaciones en mi pueblo eran como en cualquier otro pueblo, desganadas. En realidad era un buen sitio, sino fuera siempre el mismo.Solía coincidir en agosto que una fiesta dedicada a una virgen -que debió ser muy importante- llenaba todo con banderines de colores, a la gente le crecía el buen humor y la señora del bar, bar-estanco, daba las gracias al cobrar. Pero solo duraba un viernes y un sábado. Dos días son mejor que ninguno.

Yo todavía vivía entre empeños tontos de destacar en lo social fallando en todas esas misiones que se saben suicidas de antemano, pero la sola idea de que todas las chicas de alrededor vendrían a mi pueblo me resultaba atractiva y desafiante.

Siempre venían a ver a la orquesta, cuando las orquestas eran eso: orquestas. Mi táctica perfeccionada de codo en la barra resultaba inservible. Gasté un invierno entero aprendiendo a bailar bachata, salsa y merengue entre otros estilos nocivos para mis caderas, confiando y entregando así mi suerte a la pista de baile de las fiestas de mi pueblo.

¿Qué chica se resistiría a La Bilirrubina ejecutada sin error? Llegó el siguiente agosto. Todo empezó con un par de copas que relajasen el cuerpo mientras un lucerío estridente anunciaba la salida de la País de Coia.

Allí no aparecía Juan Luis Guerra por ningún sitio, y de pronto, con volumen atronador, sonaba AC DC entre señores que levantaban las manos en forma de cuerno arrastrados por el licor.

El repertorio no me sirvió de nada y ni siquiera fui capaz de comprender ese baile donde el culo se movía arriba y abajo a toda velocidad. Como epiléptico.

Volví solo y perdedor a casa. Un ballenato perfecto frente al espejo, inservible como anzuelo en las fiestas de mi pueblo.Otras malditas vacaciones gastadas frente al televisor.

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