La entrada de inmigrantas e inmigrantes

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Los senados, los consejos de ancianos o los padres de la tribu son inventos milenarios, cuyo único objeto era evitar que, con cada relevo de emperador, de dinastía o de gran jefe, se produjese un vacío de experiencia que hundiese a la comunidad en el puro desgobierno. Cuando se pintó la cueva de Altamira -hace 14 milenios- ya se sabía que la mejor manera de distinguir a los buenos gobernantes de los malos está en que, mientras los que saben ven dificultades y complejidades por todas partes, y definen la paz social como un delicado y frágil equilibrio entre intereses contrapuestos, los ases del postureo administrativo creen que todo es obvio y fácil, o rectas y perpendiculares, que el mejor elixir del buen gobierno es «a vontade política», y que para mantener el equilibrio entre los intereses cruzados de toda la población basta con tener un presidente joven, dinámico y dispuesto a dialogar. Los objetivos, los hechos, los símbolos, los razonamientos y las monsergas sociales de las ministras y los ministros actuales -salvo Borrell- son del género radicalmente inexperto. Si no fueron tecnócratas -ejecutores de objetivos señalados, consensuados y asumidos por otros-, fueron funcionarios, o simplemente jóvenes con gancho. 

Y por eso llegaron al poder convencidos de que para hacer un presupuesto era suficiente poner más pasta; para reconducir la cuestión catalana bastaba con tomar unas cañas con Torra y contarlo después en clave posverdad; que el cambio de la reforma laboral era como empujar un canto rodado por la ladera del populismo; que la exhumación de Franco la podría hacer un albañil con un saco, una paleta y una palanca de pata de cabra; y que sacarle dinero a la banca para dárselo a los pensionistas -estilo Luis Candelas- era una genialidad tan grande que no tenía contraindicaciones ni se le había ocurrido a nadie. Es la osada inexperiencia provocada por la extinción de los políticos viejos.

El próximo géiser de este buenismo inexperto va a ser el acceso incontrolado de inmigrantas e inmigrantes, y de abuelos y abuelas inmigrantes que vienen a cuidar a los inmigrantitos pequeños, y a llevarlos al cole y al médico. Bajo la dirección de Marlaska, que aún cree que los problemas se resuelven con sentencias, se han roto esquemas de gestión que, a pesar de su aparente rigor, tenían recursos y flexibilidades suficientes para garantizar la gestión de un notable flujo migratorio que la inexperiencia no supo distinguir del actual problema de los refugiados.

Y ahora, mientras todo se desborda, y se palía la escasez de recursos de emergencia con liberaciones masivas e incontroladas que dejan a la gente a la intemperie, estamos esperando ese momento de rectificación que marca el curso del Ejecutivo actual. Porque los de ahora aún no saben que los de antes eran igual de humanitarios y solidarios que ellos, y que la diferencia solamente estaba en que aquellos ya habían aprendido que a base de buenismo no se puede gobernar.

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