La entrada de inmigrantas e inmigrantes

OPINIÓN

Román Ríos | Efe

30 jul 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Los senados, los consejos de ancianos o los padres de la tribu son inventos milenarios, cuyo único objeto era evitar que, con cada relevo de emperador, de dinastía o de gran jefe, se produjese un vacío de experiencia que hundiese a la comunidad en el puro desgobierno. Cuando se pintó la cueva de Altamira -hace 14 milenios- ya se sabía que la mejor manera de distinguir a los buenos gobernantes de los malos está en que, mientras los que saben ven dificultades y complejidades por todas partes, y definen la paz social como un delicado y frágil equilibrio entre intereses contrapuestos, los ases del postureo administrativo creen que todo es obvio y fácil, o rectas y perpendiculares, que el mejor elixir del buen gobierno es «a vontade política», y que para mantener el equilibrio entre los intereses cruzados de toda la población basta con tener un presidente joven, dinámico y dispuesto a dialogar. Los objetivos, los hechos, los símbolos, los razonamientos y las monsergas sociales de las ministras y los ministros actuales -salvo Borrell- son del género radicalmente inexperto. Si no fueron tecnócratas -ejecutores de objetivos señalados, consensuados y asumidos por otros-, fueron funcionarios, o simplemente jóvenes con gancho. 

Y por eso llegaron al poder convencidos de que para hacer un presupuesto era suficiente poner más pasta; para reconducir la cuestión catalana bastaba con tomar unas cañas con Torra y contarlo después en clave posverdad; que el cambio de la reforma laboral era como empujar un canto rodado por la ladera del populismo; que la exhumación de Franco la podría hacer un albañil con un saco, una paleta y una palanca de pata de cabra; y que sacarle dinero a la banca para dárselo a los pensionistas -estilo Luis Candelas- era una genialidad tan grande que no tenía contraindicaciones ni se le había ocurrido a nadie. Es la osada inexperiencia provocada por la extinción de los políticos viejos.

El próximo géiser de este buenismo inexperto va a ser el acceso incontrolado de inmigrantas e inmigrantes, y de abuelos y abuelas inmigrantes que vienen a cuidar a los inmigrantitos pequeños, y a llevarlos al cole y al médico. Bajo la dirección de Marlaska, que aún cree que los problemas se resuelven con sentencias, se han roto esquemas de gestión que, a pesar de su aparente rigor, tenían recursos y flexibilidades suficientes para garantizar la gestión de un notable flujo migratorio que la inexperiencia no supo distinguir del actual problema de los refugiados.