Somos naturaleza e historia


Somos naturaleza e historia. Un manojo de genes y una colección de recuerdos. Lo escribió ayer mi admirado Procopio, quien, como prestigioso mecánico del cuerpo y analista de los circuitos de la memoria, sincretismo de médico y filósofo, conoce los secretos del ensamblaje entre ambas partes. Y también su evolución contrapuesta en el curso de la vida. Desde la primavera del recién nacido, cuando el esplendor de la naturaleza contrasta con el cofre vacío de la memoria, hasta el otoño del patriarca en que se invierten los términos: las hojas caen y el cuerpo se deteriora, pero el álbum de los recuerdos rebosa de cromos. Y entonces aún nos queda, siempre que el software no sea inutilizado por los virus del alzhéimer, el mayor placer de la vida a juicio de Borges: poder contarla.

Un país es también naturaleza heredada e historia compartida. O no es nada. Y esta afirmación, escrita en el corazón de Galicia un 25 de julio, provoca desazón en cuanto se levanta la vista. Invita al derrotismo. Evoca la naturaleza muerta de Salvador Dalí, el sifón y la botella de ron que el pintor de Figueras le regaló a su (entonces) amigo García Lorca. O, lo que es peor, las almas muertas de Gogol, la estepa poblada de siervos sometidos a las leyes del mercado.

Pasaron los tiempos en que la primavera agromaba por todos los rincones de Galicia. La Galicia verde y risueña, pobre pero exultante de algarabía juvenil, se exilió a la hemeroteca. Envejecieron el paisaje y el paisanaje. A las montañas las redondeó la erosión de los siglos, el barbecho lo generó el éxodo migratorio y el territorio lo destrozó la mano del hombre, la abulia de las autoridades y la especulación salvaje. Sobre ese escenario desastrado, tan ineficiente en lo económico como lesivo en lo estético, se construye el gran geriátrico. El centro de acogida de una Galicia envejecida, sin atisbo de recambio, que camina hacia su disolución definitiva en el mar.

Pero eso no es lo peor. Porque sé que las personas y los pueblos somos fundamentalmente historia, la herencia puede revertirse y el futuro reescribirse. Lo peor es que nos hemos quedado sin un relato colectivo que contar. Huérfanos de historia compartida. Nuestras historias individuales, la argamasa de nuestra personalidad, no encuentran la confluencia que nos convierta en pueblo. Lo confirma la supuesta efemérides de ayer, 25 de julio, que ni siquiera acertamos a denominar: ¿Día Nacional de Galicia, como dictaba un decreto firmado en la preautonomía por Antonio Rosón? ¿Día del Apóstol, ofrenda real incluida? ¿Día da Patria Galega, Día de Galicia o, simplemente, refugiándonos en el consenso apátrida del calendario gregoriano, 25 de Julio?

Vuelvo a Procopio. Conmemorar, nos recuerda, significa «hacer memoria juntos». Queda constancia, por tanto, de que nada conmemoramos en el Día de Galicia o comoquiera que se llame. Y un último robo, amigo Procopio: tal vez nuestro reencuentro como pueblo debería comenzar en el Pórtico de la Gloria, pasmados colectivamente ante la retranca que destila el rostro del profeta Daniel.

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