La izquierda era el Falcon y el chalé


La ambición de Pedro Sánchez por convertirse en presidente del Gobierno a toda costa le ha hecho cometer errores garrafales. Uno es provocar que el PP se renueve, se refuerce y pueda recuperar la unidad, incluyendo desde Aznar hasta Maroto. Pablo Casado es una mala noticia para el PSOE. Basta constatar la furibunda reacción a la elección de un líder del PP dispuesto a plantear sin complejos una batalla ideológica y que, con su juventud, deja mayores a Sánchez, Albert Rivera y a Pablo Iglesias, que pretendían hacer de su fecha de nacimiento un argumento político. El otro error es haberse puesto en manos del populismo y el independentismo que, fieles a su eterna infidelidad, pretenden ahora chantajearle bajo amenaza de hacerle caer. 

Sánchez pensó que por el mero hecho de convertirse en presidente gobernaría dos años cómodamente y saldría reforzado de cara a las próximas elecciones. Pero en poco más de un mes y medio ha cometido ya pifias políticas catastróficas. Después del ridículo de perder la votación sobre la renovación de RTVE, este mismo viernes puede quedar noqueado si, debido al giro radical del PDECat, es incapaz de aprobar el techo de gasto que, en todo caso, no saldrá adelante porque será rechazado en el Senado por la mayoría absoluta del PP. Una situación insostenible, hasta el punto de que desde el Gobierno se apunta ya a un posible adelanto electoral.

¿De qué le habrá servido entonces al PSOE la moción de censura? Sánchez, prepotente y mal aconsejado, ha pretendido con unos escuálidos 84 escaños presentarse ante los españoles como un macho alfa, un hiperpresidente a lo Macron que viene a arreglarlo todo y al que no le asustan los gestos osados, aunque estos incluyan despropósitos como subirse al Falcon oficial para ir a un concierto con su esposa, gastando así en ese capricho más de 10.000 euros del erario, o difundir fotografías pretendidamente icónicas que en realidad son ridículos posados. Pero el error más grave de Sánchez en su previsiblemente breve mandato no es este, sino el hecho de que, aupándose al Gobierno de la mano de Podemos y del independentismo, ha cruzado una frontera de la que no podrá regresar. Su alianza con Ciudadanos resulta ya imposible. Al contrario que en las últimas elecciones, cuando vayan a las urnas, y todo indica que será más pronto que tarde, los españoles sabrán ya que si votan a Sánchez estarán votando por un Gobierno en el que entrará Podemos. Y al votante centrista indeciso, la idea de que España esté gobernada por una alianza del PSOE con el populismo, el comunismo y un conglomerado de partidos independentistas no le resulta precisamente atractiva.

Sánchez e Iglesias, con permiso de Puigdemont, o Casado y Rivera. No hay más opciones de futuro Gobierno. Y, a poco que el líder del PP module su impetuoso discurso, el centroderecha tiene las de ganar. Porque, al final, va a resultar que la izquierda era ir en el avión presidencial a Benicasim a ver a The Killers y comprarse un chalecito en Galapagar.

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