El perfil de un chantajista político


«El Estado catalán soy yo». Ese podría ser el eslogan de ese Rey Sol de Gerona que conocemos como Carles Puigdemont. Ya lo conocíamos por varias razones: porque no tuvo el coraje de hacer frente a quienes le llamaban traidor desde la calle y renunció a la salida que se le ofrecía desde Madrid; porque inmediatamente después huyó de la Justicia como un forajido y es el culpable indirecto de que compañeros suyos de gobierno lleven nueve meses en prisión preventiva; porque quiere mantener todos los privilegios de haber sido presidente de la Generalitat; porque sin pisar el Parlamento ni institución alguna ha pedido que se le paguen las dietas de los diputados que trabajan; porque ha impuesto a un presidente al que ordenó que le considere a él «el presidente legítimo de Cataluña» y esté dispuesto a cederle el sillón en cualquier momento; y porque elaboró una lista electoral de fieles a su persona y al margen de la disciplina de su partido. 

Estos días está mostrando su auténtica identidad. Como se considera el ungido para liberar a su pueblo, concibió la idea de crear una nueva formación llamada Crida Nacional per la República para unir al PDECat y a Esquerra Republicana con él, naturalmente, de líder indiscutible y nato, porque suya es la legitimidad del independentismo. Y como considera que él está por encima de la ley, pretendió que todos los diputados procesados por rebelión cumplan el mandato judicial y sean sustituidos temporalmente. Todos, menos él, que es intocable e inviolable, como el titular de la Corona de España. Así se lo impuso a su grupo parlamentario en un acto de egoísmo político con pocos precedentes y provocó un cisma con Esquerra Republicana y tensiones dentro de su propio partido.

Por si esto fuera poco, este fin de semana el PDECat celebra asamblea y Carles Puigdemont decidió por su cuenta a quién corresponde el liderazgo: a él. Su mensaje a ese congreso es que, si Marta Pascal es elegida, él abandonará el partido. He aquí el último ejemplo de chantaje político. He aquí el último ejemplo de un «demócrata» que no asume ni la votación de sus compañeros de partido. Difícilmente se puede dar en una sola persona tanta obsesión por el poder, tanto mesianismo, tanto menosprecio a criterios ajenos y tanto culto a su propia personalidad. Esas características son las que dibujan el perfil de un dictador. Menos mal que tardará mucho tiempo en volver a Cataluña, después del rechazo del juez Llarena a su entrega por malversación. Pero que nadie se haga ilusiones: aprovechará ese tiempo para pasearse por Europa y presentarse como mártir de una persecución. Hasta que Europa descubra, como aquí sus compañeros empiezan a descubrir, su auténtica identidad.

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