Los navajazos del PP


Los usuarios de redes sociales se encontraron ayer con una sorpresa: un vídeo que recoge las peores imágenes de Javier Arenas, Cristóbal Montoro y Celia Villalobos, algunos de los grandes apoyos de Soraya Sáenz de Santamaría en la carrera por la presidencia del PP. Y los tres son andaluces; es decir, de la comunidad en que Santamaría obtuvo un triunfo arrollador en las primarias y le permitió ganar en esa primera convocatoria. El vídeo es anónimo, aunque una investigación policial preguntaría a quién beneficia. En todo caso, está claro que lo confeccionó y lo colgó un firme partidario de Pablo Casado, aunque no creo que le haga ningún favor. Pero no puedo descartar que su autoría sea de alguien ajeno al partido, que busca desestabilizarlo y provocar el enfrentamiento interno. La política es así de sucia.

¿La política es así de sucia? A veces. El triunfo político requiere llenar de cadáveres el camino hacia el poder. En la política nacional no hay un solo dirigente que no lo haya hecho. El principio por el que se rige la victoria es el de eliminar a los adversarios que se interponen. Las víctimas de Rajoy, a pesar de ser buena persona, se cuentan por decenas. Las de Pedro Sánchez son cadáveres aún calientes después de la refriega en las primarias del PSOE y todo lo que las rodeó. Y Pablo Iglesias demostró también su falta de piedad con quienes criticaron su estrategia. Varias tienen nombre de mujer.

El vídeo contra Sáenz de Santamaría, amparado en el anonimato, recuerda los peores momentos de las conspiraciones contra Rajoy. Está hecho incluso con más rencor que los fabricados por el PSOE contra el PP y a la inversa en las campañas de las elecciones generales. Y algo debían temer los dirigentes del partido cuando se pusieron en guardia contra el riesgo de división. No es que teman a las primarias. Tienen pánico a un enfrentamiento que desemboque en ruptura. Tienen tanto pánico, que ni siquiera admiten la posibilidad de un debate entre los dos aspirantes. No les asusta la confrontación de ideas y proyectos. Le asusta la división. Sus razones tendrán.

La tesis de este cronista es que hasta ahora no hubo contraste ideológico en el PP. Hubo obediencia, hubo disciplina, hubo ordeno y mando y la palabra unidad se sacralizó tanto que nadie se atrevió a discutirla, ni a ponerla en riesgo. Los aciertos se recibían con aplauso fervoroso, los fracasos con resignación, y nadie levantó la voz ni para preguntar en las reuniones de la dirección. Cuando falta ese ejercicio democrático, se sustituye por el navajazo y el partido se convierte en una olla a presión. Creo que ese es el diagnóstico de lo que ocurre en el Partido Popular cuando se dirime la lucha por el poder.

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