Todos los años de un presidente


Nacido en 1917, Gerardo Fernández Albor falleció ayer a unos espléndidos cien años. Aunque su recuerdo perdurará sobre todo por haber sido el primer presidente electo de la Xunta de Galicia, Albor fue desde luego más que eso: un médico notable, un político honesto -que salió del cargo del mismo modo en que llegó: ligero de equipaje, por decirlo con el hermoso verso de Machado-, un galleguista de los que entendían que serlo consistía en buscar el cordial entendimiento entre todos los gallegos y no su división, y, en fin, un hombre bueno, en el buen sentido de la palabra bueno, recordando otra vez al autor de Campos de Castilla. Aunque lo traté solo en el tramo final de su larga y densa vida, cuando ya había abandonado la política, soy testigo del nervio ciudadano que marcaría su existencia: entre sus preocupaciones estaba siempre el futuro de Galicia, para él sencillamente inconcebible sin España, y el de España toda, simplemente inimaginable sin Galicia.

Vivir cien años y llegar al final del camino con una admirable lucidez es un rarísimo privilegio, que a muy pocos reserva la fortuna. Albor estuvo entre ellos, lo que le permitió vivir un cambio planetario de insólita intensidad y envergadura. Nació en un mundo que el día de su despedida era totalmente diferente y muchísimo mejor. La centuria transcurrida entre su nacimiento y su fallecimiento, terrible en sus tragedias, grandiosa en sus avances, comenzó con la Revolución Rusa, origen de horrores incontables, y en la fase final de la Gran Guerra, donde las atrocidades que los hombres habían cometido con sus semejantes no tenían precedentes.

Hubo de aparcar su carrera de Medicina por el estallido de otra guerra, la Civil española, salvajada fratricida que, sin solución de continuidad, sirvió de pórtico de entrada a la mayor catástrofe de la historia de la humanidad: la Segunda Guerra Mundial, que dejó sesenta millones de muertos y cuyos destrozos materiales y morales tuvieron en el Holocausto su página sin duda más atroz.

Los españoles que, como Albor o como mi padre -nacido el mismo año- se hicieron adultos en los primeros cuarenta, vivieron gran parte de su vida bajo el régimen franquista, privados a la fuerza de los derechos y libertades de los que, tras 1945, disfrutaron los ciudadanos de Europa occidental, con la excepción de nuestros vecinos portugueses. Pero en 1977 la democracia llegó al fin para quedarse y, con ella, la autonomía de la que Galicia iba a disfrutar desde 1981 por primera vez a lo largo de su historia. Y, en primera fila, Albor estuvo allí.

La unidad de Europa, donde Albor fue durante 10 años eurodiputado, la caída del Muro de Berlín y el fin del comunismo, la globalización, la revolución tecnológica derivada del nacimiento de la Red y otros tantos cambios siderales determinaron que a sus cien años el primer presidente electo de Galicia hubiera visto algo más parecido al transcurso de un milenio que de un siglo.

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