Esperpento feminista


Lo primero que hice ayer tras levantarme fue darle un beso a mi mujer. Fue algo espontáneo, casi podríamos decir rutinario, y por supuesto no pedí su consentimiento expreso, ni de palabra, ni por escrito. Pero, según la reforma del Código Penal que propone la flamante ministra de Igualdad y vicepresidenta del Gobierno, como ella (mi esposa) no dijo claramente que sí, que aceptaba el ósculo, a mí se me debería aplicar la Ley de Enjuiciamiento Criminal y acusarme de abuso sexual.

Parece una exageración, no es lo mismo juntar los labios con tu costilla que con una desconocida, pero la mayoría de las agresiones machistas se producen dentro del matrimonio así que estaría plenamente justificada la imposición de tan taxativa medida. Ignoro si esta sería recíproca, es decir, si también se aplicaría a ellas cuando toman la iniciativa, te lanzan una de esas miradas que ahora pueden ser tildadas de acoso o te envían el emoticono de un corazón por WhatsApp sin que se lo hayas pedido.

Al lado de este disparate, el «miembros y miembras» de Bibiana Aído es un asunto pueril. O no tanto, porque no contenta con presionar a los jueces para que eludan la interpretación de cada caso y consideren víctima a cualquier mujer que no haya dicho «esta boca es mía», Carmen Calvo también pretende influir en la Real Academia Española y que adecúe el segundo idioma más hablado en el mundo -y con mil años de historia- para que supere los «estereotipos patriarcales» y «nos incluya a las mujeres».

Se les ha ido de las manos. Alentadas por movimientos como el #MeToo y casos mediáticos como los de Weinstein o la Manada, las (y los) feministas están convirtiendo una reivindicación justa, la igualdad entre hombres y mujeres, en un esperpento. Pretenden corregir una anomalía histórica con una discriminación positiva que sitúe un sexo por encima del otro (o sea, son sexistas), llegando al punto de poner bajo sospecha a todos los varones por el hecho de serlo.

Al mismo tiempo, con ideas como la de que «si ella no dice sí, es no» se obvia la capacidad de las mujeres para expresar sus ideas y sentimientos, como si fueran menores de edad que deben ser tuteladas. Afortunadamente, no todas piensan así. Mi mujer, por ejemplo.

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