Volando


Pasé el fin de semana volando, pululando por esos espacios de nadie que son los aeropuertos y que Marc Augé describe como «no lugares»: «Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar».

En los aeropuertos da la impresión de que todos somos forasteros en un lugar en el que no se puede tener más que una relación efímera o no tenerla, condiciones idóneas de soledad que hacen que las largas esperas en ellos pesen como culpas.

Los aeropuertos son un tutifruti, una ensalada de caracoles humanos en los que solo se puede mirar y escuchar, aunque hoy, la mayoría de la gente solo mira el móvil, que es lo mismo que decir que no mira nada. La tecnología está desarrollando espacios antropológicos nuevos y ver a la gente clavada en una pantalla dentro de un aeropuerto es el paradigma de ello.

Estos espacios tienen una atmósfera cosmopolita, apurada y tensa; no tienen ventanas y no tienen un olor característico como las estaciones de tren, de autobús o de metro; las tiendas son espacios descontextualizados -como poner un Zara en una casba-; las cafeterías y los restaurantes tienen el sabor de las cosas no elegidas ni deseadas, nadie sueña con volver a comer en un local del aeropuerto, al contrario de lo que ocurre en las cantinas de las estaciones de tren, que siempre son punto de encuentros a deshoras de todo tipo de canalla.

El avión es también un no lugar en el que nadie tiene historia y cualquier relación tiene una fecha de caducidad de horas, no siendo que te ocurra lo que le sucedió en el vuelo de regreso a un argentino que llevaba al lado una mujer joven con un punto zen que, nada más aclarado a quien le tocaba la ventanilla , le largó en un tirón de dos horas toda su historia; así, sin venir a cuento, le contó su vida desde el bucólico lugar de nacimiento en una aldea lucense hasta su conversión al Brasil y la vida sostenible, pasando por amores prohibidos y desengaños de cartón piedra. En el avión no se puede huir a través del móvil, solo música, lectura -poca- y sopor, pero siempre en un duerme vela atento y vigilante que se expresa cuando el avión aterriza.

En cuanto el aparato comienza a dirigirse al finger y a pesar de las indicaciones de la tripulación: «Permanezcan sentados y mantengan los móviles desconectados hasta que el avión haya parado los motores». Pues no, una insólita inquietud se desata en el pasaje de forma que saltan de sus asientos y se apresuran a llamar con el celular con una premura que huele a desahogo; los del pasillo se ponen de pie y sacan sus bultos de las cabinas hasta quedar totalmente apelotonados como sardinillas en lata entre maletas, mochilas y bebés; los del asiento del medio se levantan doblando el pescuezo en un escorzo que a más de uno le tiene que dar la noche y los de la ventanilla permanecen quietos y resignados a su posición de últimos en huir.

Y es que fobias a parte, eso de volar no tiene nada de normal.

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