Los atlas en papel


Preguntaban en la radio a un cartógrafo sobre el futuro de los mapas. «¿Qué sentido tiene la cartografía si ya existen aplicaciones digitales para orientarse?». Era la pregunta la que no tenía sentido: las aplicaciones digitales son mapas, los mapas hay que hacerlos igual. Es como preguntarse para qué sirven las vacas si ya hay cartones de leche. Pero el cartógrafo no supo defenderse. Apeló a la ironía, que es un mal sustituto de la pasión: «Tiene que haber mapas para entretenernos abriéndolos y no sabiendo doblarlos luego otra vez».

Podía haber explicado que el mapa es uno de los textos más hermosos que uno puede leer, una obra de arte de vanguardia que no tiene otro orden de lectura que el que nosotros queramos darle. Como el manga japonés, no se sigue en un orden determinado, sino que uno puede ir moviéndose por él con total libertad, empujado por el mismo ánimo de quien pasea. Las aplicaciones digitales son una maravilla, permiten una consulta rápida y detallada de cualquier lugar del mundo en pocos segundos, son el sueño borgiano del mundo contenido en un punto. Pero el mapa en papel, el atlas encuadernado, sigue siendo el hermano mayor de los mapas, la forma que el mapa adquiere para ser objeto de contemplación.

Igual que el Ismael de Moby Dick cada vez que se encontraba preso de la melancolía buscaba un navío para embarcarse, yo, cuando me encuentro bajo de ánimo abro el atlas y me pongo a viajar por sus páginas. No se trata de usar el mapa para orientarse, sino más bien para perderse. Uno va pasando la yema del dedo y encontrándose con topónimos evocadores -Tombuctú, Samarcanda, Mondoñedo- o llamativos, como ese pueblo de Gales que se llama Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch, y que es uno de los nombres de lugar más largos. O ese de Croacia que se llama Krk, una isla sin vocales. O la terminación -wich en los pueblos ingleses -Ipswich, Norwich- que indica un antiguo mercado, particularmente de sal. Los topónimos hablan, cuentan historias.

Las formas mismas de los continentes y los países cuentan historias también. Me he pasado horas muertas de insomnio, en noches de calor insoportable, con un whisky con hielo en la mano, observando con detenimiento las formas de los países y los continentes, descifrando su significado. El mar Báltico, por ejemplo, es un charco formado por el peso del hielo de la última glaciación y rellenado luego con el agua derretida -todavía es más dulce de lo normal, pude comprobarlo un día personalmente-. El Himalaya es el resultado del choque de la India contra el continente asiático. Es especialmente interesante estudiar las fronteras, y las historias que cuentan: el ‘hipo de Winston’, donde la de Jordania hace un extraño que la leyenda atribuye a un descuido de Churchill cuando ideó el trazado en una servilleta. O la frontera EE. UU.-Canadá, en la que se puede leer, de derecha a izquierda, la historia de las relaciones entre los dos países: al principio es intrincado y marcado por conflictos y guerra, y luego se convierte en una línea recta a medida que todo se hacía mediante acuerdos equitativos. Como digo, el atlas, si uno lo lee con detenimiento es un libro que cuenta la historia de la realidad.

Me gusta escuchar la voz del navegador en el coche, a pesar de ese tonillo de maestrilla severa que me va repitiendo todo como si me fuese llamando torpe todo el rato. Me facilita la vida. Me gustan los mapas digitales, no hay nada mejor para encontrar un dato rápido. Pero los mapas en papel, los atlas, hacen algo más que orientarme cuando estoy en un lugar lejano: son los que me dan ganas de ir allí.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor e xornalista

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
35 votos
Comentarios

Los atlas en papel