Hasta las narices de Franco

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Sin ánimo de frivolizar ni de restar al tema seriedad y relevancia, hay un grupo cada vez más numeroso de españoles que estamos hartos de Franco y de la matraca política que más de cuarenta años después de su muerte se sigue dando. Vamos, que directamente estamos hasta las narices de tener hasta en la sopa a un personaje que, de no librarnos de él de una vez, corremos el riesgo de que algún día se acabe replicando.

Que el dictador siga ocupando espacios en los periódicos y en los telediarios como parte del debate político de España es una enorme anomalía y un lastre del que este país debería desprenderse de una vez. Y es que entre los que se ponen de perfil a la hora de condenar la dictadura que tanto daño hizo a España y aquellos que se empeñan en hacernos creer que el franquismo sigue vigente, mantienen viva una figura que maldito el bien que nos hace.

Desde la transición hasta ahora, un sector del PP no ha sabido librarse con naturalidad de la sospecha de que de alguna forma, aunque sea mediante el silencio, ha reivindicado la figura del general represor. Una tibieza y una torpeza que ha servido para que la izquierda tuviera en la dictadura un activo político. De hecho, escuchando a los más extremistas del espectro zurdo de la política española, da la sensación de que en este país sigue existiendo una policía represora y torturadora que lejos de servir a la democracia se sigue sometiendo a los designios de un muerto. Vamos, como si estuviéramos ante una dictadura zombi.

Esto es así hasta el punto de que los más beligerantes en los asuntos del franquismo son incluso chavales que ni lo conocieron ni falta que hacía. Se indignan por vivir en una España en la que todavía ven muy calientes los rescoldos de la dictadura. Y consideran que cualquier cosa con aroma de derecha política es heredera del viejo régimen.

Ahora, Pedro Sánchez, metido en una carrera frenética de gestos propagandísticos, ha anunciado que en julio exhumará los restos de Franco y los expulsará del Valle de los Caídos. Algo que, bien pensado, no se entiende cómo no sucedió habiendo pasado tantos años. Ni Felipe González, ni Zapatero después fueron capaces de acabar con el Valle de los Caídos como símbolo del homenaje de una parte del país a quien reprimió a sangre y fuego a la otra parte. Claro que ninguno de los dos estuvo tan necesitado como el actual presidente de llamar la atención.

Si la medida del propagandista Sánchez sirviera para comenzar a apartar a Franco de la política española, bienvenida. Si de verdad fuera una iniciativa para normalizar de una vez una parte oscura de la historia de España, estupendo. Pero queda la duda de si lo que en realidad hay detrás de la matraca franquista es una galopante ausencia de ideas y de proyecto político. Como no tengo que ofrecer, recurro a los idearios de toda la vida. Y parece que en España todavía no hemos encontrado causas que funcionen mejor que luchar contra Franco, aunque este haya muerto hace casi 43 años.

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