El «lólo, lolólo...»


Decía Umbral que el deporte es una estilización de la guerra y no le faltaba razón. En los veranos mundialistas y futboleros es cuando mejor florece el sentimiento patrio de pertenencia a la tribu, llenando los balcones de banderas, las caras de pintura y los bares de parroquianos engullendo cervezas con todo el sentido afán puesto en la pelota. El mundial de fútbol enardece a los pueblos como las batallas de antaño en las que los héroes se fajaban a sable y pistola. El fútbol guarda las esencias de los gladiadores romanos, los demiurgos del Olimpo, los caballeros medievales y las batallas a campo abierto y calzón bajado. Toda la competición es una puesta en escena de un enfrentamiento bélico estilizado: los himnos, las banderas, los héroes, los villanos, el sudor y la sangre, las hinchadas de infantería y el descanso de los guerreros retratado en la prensa rosa. En la pasión del fútbol se traslucen muchas verdades y la historia de toda la nación. En nuestro caso se identifican los rasgos socioculturales más singulares, esos que nos definen como un pueblo individualista y solidario a la vez, defensor y destructor feroz de lo nuestro a partes iguales, capaces de las más gloriosas gestas y las debilidades más miserables. Para nosotros no hay admiración sin crítica ni conformidad sin tacos. Pero lo más significativo de lo que somos nos la da tener un himno sin letra; cuando el resto de los ejércitos futboleros se enardecen mano en pecho con cánticos corales que no son más que marchas militares en su práctica totalidad, nosotros nos agarramos por el cogote y cantamos el «lólo, lolólo, lolólo, loló...» con toda la astucia contenida de quien es pero lo disimula, del que va a dejarlo todo pero no quiere mojarse en nada. Las palabras significan cosas concretas, la música solo evoca y lo hace de forma diferente para cada uno. En la melodía se puede estar de acuerdo, en la letra es más difícil; así que, ¿porqué no sentirnos orgullosos de ser la única selección sin letra en el himno? Además, para canturrear juntos ya tenemos el himno del colegio, el del club, el Miudiño, el Asturias patria querida, Els Segadors, el Viva España y el Clavelitos. El himno de todos solo es el himno de nadie. Confiemos en que ningún iluminado pretenda ponerle letra al himno porque entonces el mundial está perdido sin que empiece a rodar la bola.

«Lólo, lolólo, lolólo, loló...».

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