La cultura según Sánchez/Huerta


Mis colegas columnistas le han llamado, con acierto, el Breve. También se han prodigado en ofrecer a Màxim Huerta calificativos de cariz grueso, y todos ellos justificados. Yo, por no repetir argumentos, no voy a abundar ni en lo uno ni en lo otro. Solo quiero señalar que Huerta es el espejo real de la cultura progre: sectaria, cínica y frívola. Intentaré razonar los tres calificativos. Debemos señalar que quien puso a Huerta al frente de Cultura fue Pedro Sánchez: el hombre que llegó a Moncloa con 84 diputados y apoyado por el independentismo y el populismo. Huerta cumplía los requisitos fundamentales para ostentar la más alta magistratura cultural española: famoso y orador huero. La fama en este país ya importa más que el valor o los méritos reales. Hasta la literatura se ha contagiado de esta ola de mediocridad que nos invade. No en vano a Huerta le otorgaron un premio literario preponderante: el Primavera de Novela. Obviamente no obtuvo tal galardón por los méritos de su texto (es pésimo y vergonzante, por su concesión, para el jurado), sino porque era famoso. La fama en esta España es una herida. Si buscan en las redes sociales comprenderán por qué lo digo. Los más zafios son los más populares. Y sigo con Sánchez y su Huerta. Son tal para cual: solo importa la imagen y saber quién es el enemigo. De ahí el éxito de su «no es no». Todos aquellos que incumplan tal precepto pasan a formar parte del grupo de apestados. No son de la secta. Primer adjetivo argumentado. El adjetivo «frívolo» no precisa mayor detalle. Que haya llegado a ministro de Cultura un hombre que era tertuliano de un programa de Ana Rosa Quintana (otra gran novelista acusada de plagio) ya es suficiente explicación. Y voy con el tercer adjetivo, en el que ya he abundado en más de una ocasión. Los progres, para ser progres, deben resultar cínicos en abundancia. O hipócritas. Predican una cosa y hacen la contraria. Fíjense en la familia Bardem, tan defensores de lo común (de ahí la palabra comunismo) y la igualdad, y a la vez tan podridos de dinero que con nadie reparten. O el presentador que tiene dieciocho pisos en Madrid y da lecciones cada noche en un canal televisivo. O en Màxim Huerta, que aún se quería ir con la cabeza alta después de ingresar 798.000 euros y pagar 22.000 a la Hacienda de todos. Se quejó de que una jauría lo perseguía. Él, que forma parte de la jauría real: sectaria, frívola y cínica. La cultura según los Sánchez/Huerta.

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