El ministro de los seis días


Los españoles -no sé si todos- estamos gafados. Merecidamente o no, debido a tara genética o a contagio adictivo del trapicheo, no conseguimos desprendernos del sainete en que se ha convertido la política española de los últimos años. Explico mi desazón y también, para no despeñarme en el fatalismo, abro un resquicio de esperanza.

Te aclaras la garganta con zumo de limón, ensayas apresuradamente el «Yo soy español, español, español» para celebrar los goles de tu selección y aparece el contrato merengue de Julen Lopetegui y te dinamita en un santiamén la víscera patriótica. Te ilusionas con la promesa regeneradora del nuevo Gobierno, aplaudes a rabiar el rescate humanitario de inmigrantes en aguas del Mediterráneo y se destapa la mochila fiscal de Màxim Huerta, apestosa a fraude ya zanjado en los tribunales, y se te queda cara de gilipollas. ¿Cuál será, a este paso, nuestra próxima decepción?

Escritos los párrafos que anteceden, mientras me maravillo in situ de la recuperación del Portugal pilotado por la izquierda, me llegan dos noticias alentadoras que levantan mi ánimo decaído. La primera procede de Rusia. El presidente de la Federación Española de Fútbol, Luis Rubiales, fulmina al seleccionador nacional, el técnico que antepuso la pasta a la patria, el hala Madrid a la Roja gloriosa en Sudáfrica y vapuleada en Brasil. Y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, destituye -llámenle piadosamente, si quieren, dimisión- al ministro más efímero -solo seis días- de la historia de España. Medidas ejemplarizantes que marcan distancia con el laissez faire, laissez passer de los inefables Ángel María Villar y Mariano Rajoy. Y que nos levantan la paletilla de la autoestima, aunque España salga con el rabo entre las piernas de los estadios rusos, y aunque Pedro Sánchez deba purgar el error de un nombramiento que pocos atinaban a comprender.

Casi nadie entendía la inclusión de Màxim Huerta en la alineación del lucido Gobierno diseñado por Pedro Sánchez. Por su procedencia de los salsa rosa de Ana Rosa, por sus tuits que destilaban inquietantes síntomas de frivolidad, por sus limitadas credenciales en el ámbito cultural y, sobre todo, por erigirse en ministro de Deportes quien había confesado despreciar el deporte. Pero algunos, entre los que me cuento, escasamente proclives a exigir certificado de pureza de sangre para dedicarse al servicio público, optamos por darle un margen de confianza al desconocido. Hasta que se descubrió que escondía en su mochila antecedentes, ya redimidos judicialmente, pero incompatibles, política y estéticamente, con la etapa de limpieza y regeneración que nos prometió el nuevo Gobierno.

Pedro Sánchez hizo lo que tenía que hacer. Nadie lo librará de pagar un precio por su equivocación, pero logra mantener incólume la credibilidad de su proyecto de regeneración que anunció a bombo y platillo en sede parlamentaria. Y, además, coloca muy alto el listón de la ética y la imagen, tanto para su Gobierno como para los que vendrán. Y eso también es de agradecer.

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