Florentino se apellida Puigdemont


Florentino Pérez tiene un mérito que casi nadie le reconoce. Ha convertido el palco del Bernabéu -una tribuna antiguamente más bien primitiva, donde la gente solía hablar de fútbol- en el gran World Trade Center de España. Ningún otro lugar representa como ese reservado la impúdica cohabitación entre el poder público y los intereses empresariales. Recordemos, por citar un simple ejemplo de esa connivencia entre la Administración y ciertas compañías privadas, que la paralización del proyecto Castor se tradujo en una indemnización de 1.350 millones de euros a la empresa Escal, participada en un 33 % por la canadiense CPL y en un 67 % por ACS, la constructora de Florentino Pérez.

Florentino, la mayor fábrica de antimadridismo de la historia, compagina sin sonrojo su cargo al frente de ACS con la presidencia del Real Madrid, lo mismo que compatibiliza su presunto españolismo con la voladura por los aires de la concentración de la selección en el Mundial de Rusia. Pérez -al que Zidane, harto de sus puñaladas, dejó plantado después de ganar para él tres Copas de Europa- no se cortó un pelo al anunciar a solo 48 horas del debut de España que Lopetegui será el nuevo entrenador del Madrid. ¿Qué importa la selección, si a fin de cuentas debe de ser ya la única cosa que une a 45 millones de españoles? Florentino, como siempre, ha antepuesto los intereses del Madrid a cualquier otra cuestión. ¿Qué habría sucedido -pregunto- si quien lanzase la noticia del fichaje del seleccionador nacional a solo dos días de su estreno en Rusia fuese el F. C. Barcelona? Probablemente se hundirían los pilares de la patria, los chiringuitos madridistas se rasgarían las vestiduras y a voz en grito proclamarían que el separatismo catalán había boicoteado el Mundial de España.

Pues eso es exactamente lo que ha hecho Florentino Pérez: plantar una bomba de relojería en el vestuario de la selección nacional. Y todo por no saber guardar un prudente silencio sobre la contratación de Lopetegui hasta el final de la competición. Eso es lo que el admirado Florentino entiende por patriotismo.

¿Y Lopetegui? Lopetegui ya es historia. Fue fulminado por Rubiales, en un gesto que le honra, y sustituido por otro producto del madridismo: Fernando Hierro. Lopetegui, que fue un portero más bien mediocre -en el Barça solo jugó cinco partidos de Liga en tres temporadas: tal vez aún sangra por esa herida-, hasta la fecha tampoco ha demostrado gran cosa como entrenador. Clasificó a este equipo para el Mundial. Vale, pero es que yo mismo, desde la comodidad de mi sofá y sin soltar el mando de la tele, podría haber colocado a estos jugadorazos en la fase final de cualquier competición internacional.

El pasado 22 mayo, Lopetegui había firmado su renovación como seleccionador hasta el 2020. Apenas un mes después, ha huido ante la llamada del Madrid. Es lo que en mi pueblo se conoce como un hombre de palabra.

Hasta ahora pensábamos que el gran enemigo de España era Carles Puigdemont. Pero, visto el empeño que han puesto Pérez y Lopetegui en dinamitar la selección -lo mismo que los muchachos del Castor provocaban seísmos al perforar los fondos submarinos de la costa de Castellón-, igual resulta que en realidad Florentino también se apellida Puigdemont.

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