La resurrección del bipartidismo


Cada persona representa un papel en «el gran teatro del mundo», sostenía Calderón de la Barca en su célebre auto sacramental. Cada partido y cada líder representan un papel en la política española. Vino la moción de censura, cambió el decorado y desbarató la obra. Un actor secundario llamado Pedro Sánchez, considerado irrelevante y ambicioso por la crítica de derechas, irrumpió en el escenario, se abrió paso a codazos y se erigió en protagonista. Cambió el segundo acto de la legislatura y todos los actores quedaron descolocados y en estado de shock. Ahora, mientras se rehacen del impacto, memorizan por las noches sus nuevos papeles y los ensayan ante el espejo con el propósito de eclipsar al impostor y ganarse el favor del público.

El abrupto cambio de guion ha pillado con el pie cambiado a las jóvenes promesas de la escena: Albert Rivera y Pablo Iglesias. El primero vivía en la ensoñación demoscópica, explotaba la mina a cielo abierto del conflicto catalán y engullía como un poseso las vísceras del PP y las carnes más tiernas del PSOE. Su propia voracidad le jugó una mala pasada: por no cederle unos minutos de gloria a Pedro Sánchez, perdió el favor de los dioses. El segundo naufragó por méritos propios: tuvo acceso al paraíso, renunció por soberbia y porque pretendía asaltar el trono de Júpiter y el control del CNI, y dos años después, cautivo y desarmado, se entrega sin condiciones a la casta socialdemócrata; y ahora ya no sabe si está en el Gobierno o en la oposición. Ambos pecaron de bisoñez.

El cambio de guion abre una ventana de oportunidad a los nuevos actores de los viejos partidos. Si PSOE y PP saben aprovecharla, tal vez en dos años vuelvan a ocupar el centro del escenario como protagonistas. Con Ciudadanos y Podemos como actores de reparto, las muletas necesarias de derecha e izquierda, los roles secundarios que en otro tiempo desempeñaron los nacionalistas o Izquierda Unida.

Ciertamente no lo tienen fácil. El PP inicia su travesía del desierto. Y no le bastará con reemplazar a su primer actor, un decrépito Mariano Rajoy que intentó alargar su agonía mediante el pacto presupuestario con el PNV, por su activo más valioso, marca Alberto Núñez Feijoo sin duda alguna. Tendrá también que desvanecer sus espantosas caras de Bélmez y, sobre todo, desmarcase de la corrupción heredada que seguirá goteando sobre su cabeza. Y el PSOE de Pedro Sánchez deberá demostrar que su Gobierno de transición es capaz, con materiales de calidad pero heterogéneos, de gobernar y construir puentes donde solo había trincheras de hormigón. Si Feijoo y Sánchez lo consiguen, quizás asistamos a la resurrección del bipartidismo que muchos daban por muerto.

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