«Lost the plot», ministras y ministros


Uno ha llegado a una edad en la que pensaba que pocas cosas podrían sorprenderlo. Me equivoqué. Y no porque no admita que la idiocia continúe creciendo a pasos agigantados -el progreso imparable de la estupidez-, sino porque gentes a las que supongo formación y criterio se han dejado llevar por la satrapía de lo políticamente correcto. Por eso, cuando escucho «todas y todos» me subo por las paredes. Hacen lo mismo con los niños y niñas, profesores y profesoras, catalanes y catalanas. Los hechos me superan y ya solo puedo escribir columnas como esta: un grito en el desierto. Después del «Consejo de Ministros y Ministras», mi grito ya es el de Munch: un alarido.

Les pediría, pues, a los cercanos, conservadores del buen lenguaje, sentido común. No se dejen caer en las garras de la sandez: porque de ellas ya no saldrán jamás. Mientras la RAE no diga otra cosa, el masculino genérico es lo propio del español. Y, si se pretenden otros fines, que sea la RAE quien los sancione. Yo, que soy feminista convencido, apoyaría el femenino genérico sin problema alguno. Ya no lo soporto más. Ministros y ministras, presidentes y presidentas (¡qué barbaridad!). ¿Por qué no «el astronauto ministro» y la astronauta ministra? ¿No sigue mi razonamiento su cauce lógico? Por eso solicito a la RAE que adopte el femenino genérico y se acabe con esta burla de portavozas y miembras de cariz únicamente ideológico y que pretende señalar, como hace siempre la izquierda, a los buenos (los que hablan de compañeros y compañeras) y los malos: los que seguimos las normas gramaticales de la preceptiva. Ojalá la otra parte del ruedo político no se deje llevar por esta ola de estulticia. Sería inexplicable. Reclamo, pues, sentido común a los seducidos por las modas del zapaterismo y el sanchecismo y el podemismo.

De las exaltaciones lingüísticas de lo políticamente correcto, la más reciente es el verbo empoderar. El verbo viene de lejos. Incluso circulaba en diccionarios anteriores a la creación de la RAE. A partir del XVIII, la palabra no aparecía en ningún diccionario de la academia y es en 1925 cuando lo incluyen. Empoderar era lo mismo que apoderar, pero figuraba como verbo sin uso. En el 2001 la palabreja desaparece de nuevo. En tanto, los ingleses le daban fuerza y uso ideológico a to empower y empowerement: la posibilidad de que un colectivo marginado alcance poder. Así hasta que el Diccionario del 2014 le da una doble acepción, por una parte el significado clásico de apoderarse, y por otro el significado cargado de ideología que venía del inglés: «hacer fuertes a los que antaño eran los desfavorecidos».

La izquierda biempensante ya tiene el verbo empoderar entre sus favoritos. Y algún conservador ya se ha atrevido a usarlo cuando se dirige a todos y a todas. Yo aguardo por la adaptación del me too, dreamers, impeachment, etcétera. Estamos perdiendo el norte entre la idiocia y los anglicismos. Los ingleses, por cierto, a esto le llaman lost the plot.

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