A Europa no la salva ni Trump


Lo mejor que le ha pasado a Europa es Donald Trump. Cuando parecía el viejo continente condenado a morirse de viejo resulta que llega el Kong norteamericano, que se reúne hoy con el Kim norcoreano, e inicia una guerra comercial contra los europeos. Europa languidecía como un Marcel Proust con mucha cultura pero tumbado y encerrado sin escribir una línea en su habitación forrada con corcho. Cada vez producimos menos. España, como Italia, mejoran sus economías gracias a lo de siempre: el milagro del turismo.

La UE es básicamente un lugar para visitar museos, casi sin darse cuenta de que el museo no es el edificio de los cuadros, sino toda la Europa que pisan los foráneos. Nuestras economías de hostelería necesitan un enemigo común para volver a recuperar el apellido perdido de Unión. Para levantarse de la cama y pasar de la modorra y el abandono a la vigilia y la actividad. Entonces apareció Trump con sus maneras de dueño de casino de Las Vegas a golpear con aranceles los restos de nuestras empresas productivas. Y así fue que Europa bostezó y se espabiló un poco. En una economía mundial de colosos, no pintamos nada sobreviviendo como mercado para turistas. Por esa ruta nos machacarán China y Estados Unidos. Europa volvió a ser Unión y respondió con aranceles del lujo para el Jack Daniels a la bravata de Trump. Nada une más que pintarle la cara a un rival.

El problema se había convertido en la esperanza. Poco duró el sueño. Tuvo que aparecer la pesadilla, otro barco sin refugio, por el Mediterráneo, ese mar que es un tanatorio, para que cada país volviese a lo suyo. Otra vez, enfrentados. De nuevo, cada uno celebrando lo suyo. El Ejecutivo italiano y su gobernante Salvini tifando a gritos «¡Victoria!», porque la nave errante, que había rechazado en sus puertos, podría poner rumbo a España, donde Pedro Sánchez la acogería con los brazos abiertos. Es un gesto que nos honra, pero que abriría un segundo frente al de Canarias y Gibraltar. Antes de saber si Valencia podría salvar de su putrefacción a los 600 inmigrantes de la nave marcada, Malta, estado de la Unión, ya había dicho que ellos, como Italia, tampoco querían a los refugiados. La peste moderna. O ni siquiera moderna. La pobreza siempre ha sido una peste.

Es encomiable el ofrecimento español. La solidaridad nunca se niega. Pero pone a Europa donde nos quiere Estados Unidos, en un rumbo tan perdido como el del barco, donde cada país hace lo que le da la gana. Me temo que ni el enemigo norteamericano nos va a evitar ir languideciendo hacia ese continente cansino y cansado que no tiene ganas de pelear juntos por nada. España, Italia, Malta... cada uno a su bola. Ni siquiera estamos de acuerdo en dar de comer al hambriento. Una tristeza que sangra por el brexit y por donde haga falta. Ya no nos salva ni Trump.

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