Calamares fritos


Acaba tras 17 días la Feria del Libro de Madrid más tormentosa de lo que llevamos de siglo, y nos deja a los editores y los libreros, que montamos allí nuestras casetas, exhaustos como marineros que cruzan el cabo de Hornos o como soldados que vuelven de la guerra. Para los gallegos, Madrid es un poco como el país de Alicia, donde se vuelve real lo que desde aquí vemos por televisión y creemos parte del espectáculo. En Madrid estos días, por ejemplo, los toreros salen vestidos de luces del hotel Wellington para dirigirse a las Ventas, donde pueden triunfar o morir, o -peor aún- aburrir a los aficionados, que son casi todos taxistas de Vallecas sabios como Sócrates. Cuando en Madrid, en la Feria del Libro, nos encontramos los gallegos, nos damos abrazos fraternos, cómplices y un poco avergonzados como si hubiéramos sido sorprendidos bailando una cumbia. Y entre las palmadas y los saludos se nos escapa la risa de los pillos. Durante los días de la feria suelen abdicar los reyes, caen presidentes, se forman gobiernos y se conquistan trofeos de fútbol y de tenis. Los escritores famosos, que cada vez son más famosos y menos escritores, pasean y toman cañas con patatas bravas en los bares, y se mezclan con los vecinos de a pie, que juegan a ningunearlos. A veces alguien pierde la compostura en esa guerra de nervios y les pide una foto, y nos hace sentir envidia y vergüenza ajena. A los parroquianos de los bares parece haberles tocado la lotería, y brindan y beben y se desgañitan. Los niños, en cambio, lloran desconsolados, cosas de la vida. A los perros no los dejan entrar. En Madrid viven como si no hubiera un mañana. Pero lo hay. Yo ya estoy de vuelta a casa.

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