Pedro Sánchez apuesta a lo grande


No comparto la teoría del guiño, puesta de moda entre los analistas políticos en cuanto se inició el goteo de nombres que integran el primer Gobierno de Pedro Sánchez. Un guiño a las mujeres, por la novedosa mayoría femenina del gabinete. Un guiño a Susana Díaz, por arrebatarle a su consejera de Hacienda. Un guiño antiseparatista, por la designación de Josep Borrell. Un guiño a Bruselas, por el fichaje de Nadia Calviño. Un guiño a los científicos e investigadores, por la llegada de Pedro Duque. Un guiño a los diversos territorios, por el origen diverso de los nuevos ministros. Si de guiños se tratase, el presidente hubiera quedado bizco. O hubiera contraído el síndrome de Tourette, la cronificación patológica de tics continuados. Y rodeado de un Gobierno compuesto de retales heterogéneos, hilvanados con el patrón de complejos y múltiples equilibrios.

Nada de eso hizo Pedro Sánchez. Lo que hizo fue calcetar un Gobierno de indiscutible solvencia técnica y elevada talla política. Lo que hizo fue regenerar la ilusión en las filas socialistas y devolver la esperanza a muchos ciudadanos defraudados que alguna vez les dieron su confianza. Acallar bocas que hablan de fraudulentas puertas traseras y fulminar el eslogan del Gobierno Frankenstein que acuñó la derecha para descalificarlo.

¿Tendrá arrestos el noqueado Albert Rivera para tildar a Josep Borrell de antipatriota y rehén de Puigdemont? ¿Se atreverá el Maíllo de turno a darle lecciones de cuentas públicas y de europeísmo a la ex directora general de Presupuestos de la Unión Europea? ¿Pondrá alguien en duda la voluntad de regeneración ética a la vista de los tres juristas sin mácula que pasan a ocupar otras tantas carteras?

Lo que hizo Pedro Sánchez, al tejer su Gobierno con mimbres de calidad contrastada, fue enviar tres mensajes nítidos a la sociedad española. Primer mensaje: No voy de farol. Estas son mis cartas y estos son mis ases para jugar la partida. Segundo mensaje: No estoy de paso ni tengo vocación de Pedro el Breve. No se apresuren a cavar mi fosa, que aún quedan dos años de legislatura por escribir. Aprovechen ese tiempo, como intentaré hacer yo, para recolocarse en el nuevo escenario. Todos tienen mucho trabajo por delante: el PSOE, sin duda, pero también la (¿leal?) oposición. Y todos saben que estarán sometidos al escrutinio de los ciudadanos y, finalmente, al veredicto de las urnas.

Y tercer mensaje: No vengo a vender España. Retiren el infamante epíteto del «Judas, rehén de los independentistas», proferido en un momento de comprensible acaloramiento. Porque si así fuera, si realmente la izquierda de hoy -PSOE y Podemos- representara la anti-España entregada a las fuerzas disgregadoras, la conclusión que se deriva sería tan absurda como catastrófica: España, reducida al espacio que ocupan PP y Ciudadanos, estaría en flagrante minoría en el Congreso de los Diputados. Tal vez a eso se refería Mariano Rajoy cuando afirmó solemnemente, en su último discurso, que él seguirá siendo español. ¿Acaso Pedro Sánchez ha perdido esa condición?

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