Literatura como un cuchillo


¿Puede un canalla ser admirado? Cuando se descubrió que Gunther Grass había sido nazi, se planteó la vieja duda que en realidad personaliza, como un estigma casi sofisticado, Louis Ferdinand Celine, que escribió una novela extraordinaria titulada Viaje al fin de la noche -que también es una visión moderna del corazón de las tinieblas de Conrad o una peripecia picaresca-. A Neruda, que contenía mis años de enamoramientos adolescentes con sus redes oceánicas, lo señaló Trapiello como el frívolo desentendido que en la guerra española abandonaba a su suerte a Morla Lynch, su segundo en la embajada de Chile en Madrid. Carlos Morla dio cobijo primero a los conservadores perseguidos por los asesinos republicanos, y luego a los republicanos perseguidos por los asesinos fascistas, como un auténtico Schindler. La cosa fue a peor con la aparición este año de la novela Malva, de la holandesa Hagar Peeters, que toma el título del nombre de una hija madrileña abandonada por Neruda, que padecía de hidrocefalia y que murió con apenas ocho años. No hablo del escritor antipático: de Salinger, de Fernán Gómez, de Cela cuando quería, de Alberti -que me puso verde una tarde de otoño de 1979 en Londres cuando le alabé a Luis Cernuda-. Hablo del culpable.

Pues bien, la respuesta es, claro está, que sí, porque igual que un juez tiene que juzgar si un asesino ha cometido un asesinato en concreto y en caso de que no, declararlo inocente, un lector debe admirar la gran literatura despiadadamente. Sin concesiones.

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