Un Día das Letras Galegas para Cela

.

El castellano es la lengua que los españoles no castellanohablantes, que formamos legión, admitimos como común y apta y suficiente para entendernos entre todos; la denominación de lengua oficial -aunque lo sea- es impopular e impolítica y le perjudica en el afecto de los no castellanos. Para decir cuanto dejo dicho -y cuanto paso a decir- parto del supuesto de que en España, país de múltiples susceptibilidades a flor de piel, no es saludable sembrar la susceptibilidad. 

Al castellano, al hombre castellano, lo han venido educando históricamente en la falsa idea de que el catalán, el gallego y el vasco, el hombre catalán, gallego y vasco, habla en su lengua «para darle rabia a él», supuesto que cree a pies juntillas y cosa que digo en su defensa -quede claro- puesto que paga en sus propias carnes el alto precio de su desviado -y envenenado- candor. La gente no se ha parado a pensar que desde que España es España -y aun antes, cuando estaba todavía en el huevo de donde hubo de salir-, siempre fue más peligroso el separatismo de Burgos o de Valladolid que el periférico o, dicho de otra manera: siempre fueron más nocivos y numerosos los separadores que los separatistas.

El castellano no acaba de convencerse de que a su noble y riquísima lengua le va mejor, le conviene más, considerarla como el vehículo de expresión literaria de Cervantes y de Quevedo, que como herramienta administrativa del Boletín Oficial del Estado, esto es: tenerla como lengua común y no como lengua oficial aunque, a la postre, también lo sea.

La resistencia a no considerar al gallego y al catalán como lenguas se prolongó en el registro oficial de voces del castellano -el Diccionario de la Real Academia Española- hasta fechas bien próximas: hasta el año 1970. En su edición anterior (la XVIII, 1956) se llamaba «lenguaje» al catalán y «dialecto» (!) al gallego.

Quien esto escribe no soy, evidentemente, yo. Ya me gustaría. Es un extracto del prólogo -Breves palabras para servir de pórtico a una noble empresa- a mi ejemplar del Diccionari manual Castellà-Català/Català-Castellà, publicado en 1974 (con la lucecita de El Pardo todavía encendida).

El autor se llama Camilo José Cela y es el único gallego con un Premio Nobel de Literatura. Pero nuestra intelectualidad libresca y nacionalista, la única autorizada a expedir certificados de pureza ideológica y de galleguidad, lo desprecia porque -¡anatema!- publicaba sus libros en español.

Como Valle o Torrente, Cela no escribía exactamente en castellano, sino en eso que algunos denominan con desdén castrapo. Valle habla en La Corte de los Milagros de cómo «lostregaba a lo lejos la collera de luces municipales» y Torrente decía que su idioma era «el ferrolano». Y no se puede entender a Cela sin saber gallego. A ese Camilo José que en este texto se declara no castellanohablante. Y es imposible comprender al Cela de La rosa, Mazurca para dos muertos o Madera de boj sin asumir que escribía sumergido hasta las cachas en su Galicia natal.

Tan solo por este prólogo, por estos tres libros y por su memorable serie de artículos en gallego O can de Buridán -publicados, dónde si no, en La Voz de Galicia-, Cela se merece el Día das Letras Galegas que jamás tendrá.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
65 votos
Comentarios

Un Día das Letras Galegas para Cela