Trump desprecia una vez más a la UE


Mírese por donde se mire la decisión de Donald Trump de romper el acuerdo con Irán sobre su nuclearización es un desafío contra el diálogo y la paz en Oriente Medio. La política errática exterior de los Estados Unidos está dando al traste con la búsqueda de estabilidad política y social en esa región. Y aunque la jugada con Corea del Norte puede ofrecer resultados positivos, gracias al pragmatismo de China, no estamos tan seguros de que lo que ha hecho con Irán resulte beneficioso para la región. Con este paso, Trump anuncia que puede y hace lo que quiere. Y en este sentido, hay que reconocer que sigue a su instinto jactancioso y desafiante, pero no a la razón. Hay que reconocer que en el Plan Estratégico sobre Seguridad Nacional de los Estados Unidos, de diciembre pasado, ya avanzaba sus pretensiones sobre Irán aunque explícitamente no anunciaba la ruptura del acuerdo. «Trabajaremos con nuestros socios para negar a Irán todos los caminos para las armas nucleares y neutralizaremos su influencia maligna en la región», decía en su documento.

Pero para Trump ¿quiénes son los socios en este conflicto? También lo decía en aquel documento de la Casa Blanca: Israel, Arabia Saudí y Egipto. Para nada ha contado con Europa. La brecha que ha abierto con los socios europeos es muy grave, después del trabajo paciente que la troika formada por el Reino Unido, Francia y Alemania llevaron a cabo para que Rusia, China y los Estados Unidos firmaran el acuerdo con Irán en el 2015. Pero los europeos ya conocen cómo se las gasta el presidente norteamericano. No hay más que citar algunos desprecios como el abandono del acuerdo de París sobre el clima, la ruptura de alianzas y del statu quo comerciales, la inexistente política de un plan de paz entre israelíes y palestinos, que permita la coexistencia de dos estados, o la tirantez que produjo en la OTAN con sus planteamientos.

La decisión sobre Irán supone un profundo desafío a las relaciones trasatlánticas, quizás el más grave desde que finalizó la Guerra Fría. Los intentos de moderar al régimen iraní que han empleado con tanta paciencia diplomática los europeos, secundados por chinos y rusos, pone en manos de los más intransigentes los avances de Rohaní. Es como echar gasolina al fuego. Israel y Arabia Saudí se frotan las manos: luz verde para los israelíes por si hay que destruir las instalaciones nucleares iraníes del que un primer aviso fue el bombardeo de posiciones iraníes en Siria, y para Arabia Saudí, carta blanca en Yemen y en los estados del Golfo.

En este contexto no es de extrañar las premonitorias palabras de Angela Merkel en Aquisgrán, en presencia del presidente de Francia, Emmanuel Macron: «Europa ya no puede esperar que Estados Unidos le proteja de los conflictos en el mundo. La tarea de Europa es tomar su destino en sus propias manos». Como socios y aliados con intereses comunes compartidos, a España se le plantea un dilema, dada nuestra política atlantista. No tengo dudas, pese a que el régimen iraní es indeseable, impresentable y repulsivo: apostemos por el atlantismo, pero sobre todo nuestra inclinación debería ser hacia más Europa.

*Luis Grandal es periodista y profesor de Periodismo Internacional en la Universidad Carlos III

Autor Luis Grandal Periodista y profesor de Periodismo Internacional en la Universidad Carlos III

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