Era todo oído: «Brrrr, grrrr...»


Así escribía Tom Wolfe. Si oía que arrancaba un coche, ponía brrrr. Si era el inicio de un gruñido, grrrr. Escribir era ir, ver, escuchar, volver y contar. Lo bautizaron como padre del nuevo periodismo por delante de Hunter S. Thompson (el gonzo), Gay Talese o Jimmy Breslin, pero el nuevo periodismo es tan viejo como salir a la calle y redactar una historia. El Nuevo Testamento era un reportaje. Lo es Homero. A Wolfe, el de los trajes de tres piezas impecables, los cuellos duros, los botines blancos y tocado de sombrero, le gustaba el apodo de Balzac de Park Avenue. Primero reinó en la prensa con sus reportajes que utilizaban los recursos de la ficción para contar la realidad y, ya tarde, llegó a la novela con La hoguera de las vanidades en 1987, un éxito portentoso. El retrato de la caída del yuppie McCoy en el NY de los ochenta (cómo no: Tom Hanks en el filme). Algo así como los ricos también lloran. Escribió otras tres novelas, pero brilló también en el ensayo (La palabra pintada). Era todo oído, un billar de sarcasmo. Su otro secreto era la electricidad. Las frases son de alto voltaje. Dan calambre. Leerlo es fluido, ese talento de la corriente y lo corriente. Acertar en la descripción, usar guiones para los diálogos, que hablen los protagonistas, que hablen mucho, ser brillante sin cegar y divertir siempre. Esos eran sus consejos para las jóvenes jaurías de la palabra. Murió a buena edad (88 años) y la verdad, aunque entrar en sus libros es tan gratificante como hacerlo en un barco iluminado para una noche de fiesta con Gatsby del ganchete, hay algo de dinosaurio en su propuesta. Reivindicar un cuaderno de notas cuando se usa y abusa de un ratón de ordenador suena a otra de sus hipérboles. O no. Y el rumbo nunca dejó de ser el que Wolfe proponía: «Sin salir a la calle, sin hablar con nadie, no vas a tener ni una línea que escribir». ¡Una revolución! Abrir su crónica sobre Cassius Clay, un clásico de la profesión, como la de Talese sobre el catarro de Sinatra, te hace disfrutar como cuando empezabas en esto de vamos a contar historias, tralala. Es comerse un sabroso menú de toda la vida hecho a mano y cocinado con el fuego potente de la inteligencia. Hum.

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