Quién te defenderá, España


Mientras ayer mismo el señor Torra proclamaba su promesa de república y afirmaba, sin rubor alguno, que el presidente es Puigdemont, sentí una incalificable repulsión. No hacia él, porque un chisgarabís como este no merece rencor alguno, sino hacia mí mismo. Se me fue la cabeza con una idea que mantengo: nuestra transición, que tanto se ha alabado, ha sido un fiasco en lo ideológico. Modélica en las formas, pero ha adolecido de amilanamiento. De la transición parten Torra y su generación, que es la mía. A nosotros se nos insufló de modo inteligente una idea falsa: la modernidad está en las autonomías y el Estado resulta anacrónico y tiránico. No se supo valorar los símbolos e ideas que nos unen y, sin embargo, se alentó todo aquello que nos diferencia. Se pecó de ingenuidad o miedo. No se impulsó un imaginario colectivo que nos juntase. Nos equivocamos (se equivocaron), en definitiva, en no defender la cohesión: defender España. Y por eso hemos llegado hasta aquí: el odio preside Cataluña. Qué importa el nombre. Si hasta los don nadie como Puigdemont o Torra se han encaramado a lo alto de la torre. 

Pertenezco a esa generación, como dije, que en la transición se declaraba nacionalista. Bajo el sesgo de una ideología añeja (decimonónica) se pintaron, a todo color, los signos de lo moderno. La única bandera era la gallega y la otra, que viene de Carlos III, pasó a representar al franquismo. El himno, el de Pondal; y el español, de 1770, era el que estiraba el brazo en la tumba del Caudillo. En esas mentiras aceptadas como espejo de la renovación, se constituyó nuestro mundo intelectual. Incluso más. La izquierda se desmarcó de la unión y apostó, en su halo de falsa modernidad, por las diferencias en lugar de los nexos comunes. La derecha acomplejada siguió sus pasos. La palabra España pasó a ser una proscrita. La bandera, un signo de reaccionarios. El himno, un objeto apto para apedrear con silbidos. Hasta se redactó una ley electoral que pone en valor las diferencias y premia los nacionalismos. Y ora el PP, ora el PSOE, se balancearon en negociaciones con aquellos con los que no se puede negociar. ¿Dialogar? ¿De qué podemos hablar con aquellos que solo pretenden separarse de nosotros y zaherirnos? Recuerden que lo peor de nuestra historia no se venció con diálogo, sino con la ley.

Y por todo lo anterior hemos llegado al discurso de ayer de Torra, que en la recordada Alemania -por su defensa de la secesión- sería motivo de cárcel. El discurso y la investidura que se apresuraron a felicitar los nacionalistas gallegos y que la izquierda, presa de sus propios demonios, no censura con contundencia. Sánchez e Iglesias siguen con su «diálogo» en la boca. No hay diálogo posible. Solo la ley. No guarden el 155 en el cajón. Es lo único que defenderá a España.

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