Sonrisas y (sobre todo) lágrimas


En 1924, un año después del pronunciamiento militar que instauró su dictadura, Primo de Rivera promulgó una serie de decretos prohibiendo el uso público y la enseñanza de la lengua catalana. En aquella ocasión, el Ateneo de Madrid, a instancias de José Ortega y Gasset, encargó a Pedro Sainz Rodríguez la redacción de un manifiesto protestando por esas medidas. Firmaban el papel, junto a ellos dos, Gregorio Marañón, Fernando de los Ríos, Azorín, Ramón Gómez de la Serna, Federico García Lorca, Azaña, Sánchez Albornoz, Pérez de Ayala, el marqués de Lozoya, y hasta ciento diecisiete intelectuales españoles de todas las tendencias políticas (muchos de los cuales luego se enfrentarían en la famosa y sangrienta Guerra Civil). El documento se publicó en La Vanguardia el 22 de marzo. Pues bien, los días 23 y 24 de marzo de 1930, apenas una semana después de la muerte en París del dictador, los intelectuales y el pueblo de Cataluña agradecieron en Barcelona el gesto de los castellanos agasajándolos. Entre los anfitriones se encuentran Pompeu Fabra, Gaziel, Pi i Sunyer, Rafael Campalans, Joan Esterlich, Gustau Gili, Carles Riba, y las multitudes. Durante esos dos días hay abrazos y vítores, banquetes y recepciones, y hasta un concierto del Orfeó Català. Cuatro años después, el 6 de octubre 1934, Companys declaró la independencia de Cataluña y al día siguiente el general catalán Domingo Batet, siguiendo instrucciones de Lerroux, abortó la proclamación con un saldo de cuarenta y ocho muertos.

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