... Y la paz en el mundo


Nada hay peor en política que perder el sentido de la realidad. En condiciones de normalidad, cuando eso sucede el político de turno pierde las elecciones. Pero hay situaciones trágicas, como cuando la desconexión de la realidad va acompañada de un evidente mesianismo. Nada hay más peligroso que un líder político que se pone no al servicio de los ciudadanos, sino de una idea, de su idea; que inmola lo posible, lo real, en el altar de la ucronía; que sacrifica el interés de todos en aras de las aspiraciones de una parte, de su parte. Y eso es lo que hizo ayer Quim Torra, autor del discurso de investidura más pobre, pero también inquietante y escalofriante, que se recuerda. Por vacío en sus propuestas y delirante en su descripción de una realidad que solo existe en su imaginación. Porque fue un discurso que responde a una lógica fundamentalista, supremacista incluso. Porque fue la exposición de un aspirante a presidente dispuesto a someterse a los designios no de los ciudadanos, sino de un líder máximo, Puigdemont. Y ya se sabe que un movimiento social y político que se somete a la voluntad ciega de un líder todopoderoso que desprecia, humilla y niega a los discrepantes es, por definición, un movimiento fascista.

Los independentistas catalanes se sublevan cuando se les dicen estas cosas. Pero la realidad es la realidad para cualquiera que quiera verla sin prejuicios y sin ánimo de manipularla. Otra cosa son las realidades paralelas. La política fracasa cuando es concebida en su versión simplista de elaborar relatos coherentes con las expectativas de los convencidos, aunque se contradigan con los hechos. Que quien tiene un largo historial de escritos supremacistas hable de diálogo y respeto es un insulto. Que en uno de los principales focos de corrupción se hable de una república limpia y transparente es un insulto a la inteligencia. Que hablen de república feminista los mismos que tienen como criterio de selección «la que tenga las tetas más gordas» es una burla asquerosa. El discurso de Torra fue un modelo de cinismo. Pero lo peor es que su actitud, y la de sus palmeros, supone una negación de la realidad que solo puede provocar más división, enfrentamiento y frustración en una ya dolorida Cataluña. Madurar es aprender a negociar con la realidad, a comprometerse con lo factible. Porque la misión de los políticos es conseguir el mejor de los mundos posibles para todos, no el paraíso para unos pocos. No nos definen nuestros ideales, sino aquello que somos capaces de lograr con nuestras renuncias. Y lo único que están logrando los dirigentes independentistas es arruinar una comunidad rica. A Torra solo le faltó decir, como las mises, que la república catalana traerá la paz al mundo. Pero la historia nos demuestra que los buenos deseos en malas manos pueden acabar en grandes tragedias.

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