Escotet, Galicia y el dictador


Existe una larga tradición novelística que los teóricos denominan, grosso modo, novelas de dictador. Estos romances poseen antecedentes decimonónicos: El matadero (1838) de Esteban Echeverría o Amalia (1855), de José Mármol, son paradigmas dentro de la literatura argentina, ambas tomando como centro la dictadura de Rosas. Pero tendremos que esperar por Tirano Banderas de nuestro Valle Inclán para obtener un texto de auténtica calidad literaria y, a partir de ahí, aguardar por relatos que consiguen excelentes resultados: Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos, El señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias; El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez; Oficio de difuntos, de Arturo Uslar Pietri o La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa. Hugo Chávez y Nicolás Maduro, dictadores en toda regla, no dan ni siquiera para personajes folletinescos. Son zafios. Y ninguna de las novelas que cité anteriormente tienen protagonistas tan groseros.

La dictadura del chavismo, por estar maquillada con la pátina de las elecciones, no es ni siquiera la «dictablanda» de Rojas Pinilla en Colombia. Es calamitosa para su país y, en su deriva, para el equilibrio democrático de toda América Latina. Algunos dirán (el pseudomarxismo cínico de nuestro país) que el chavismo ganó elecciones. Cierto. No es el primer caso de dictadores que llegaron a la cumbre luego de un proceso democrático. Pero el chavismo, o la revolución bolivariana, bloqueó rapidamente la democracia venezolana, instrumentalizó el Estado para mantenerse en el poder y bloqueó la alternancia gubernamental con decisiones denunciadas -no con el suficiente ímpetu- por la comunidad internacional. Venezuela, que fue símbolo libertario de Hispanoamérica, con Rómulo Betancourt (1959-1964) como estandarte de la idea democrática por todo el continente, se ha convertido en la imagen de la ignominia y la humillación del adversario: el que piensa diferente.

Así llegamos a este 2018 con unas «elecciones» a las puertas (mi entrecomillado es significativo) y un acto de oprobio recién ejecutado. No le basta al dictador Maduro haber arruinado a su pueblo. Precisaba un enemigo para concluir su afrenta. Y ahí aparecemos nosotros. Y digo nosotros porque Escotet, el presidente de Abanca, es de los nuestros. Ha dejado momentáneamente su cargo para dedicarse en cuerpo y alma a solventar la embestida del dictador a Banesco, banco que también preside. Su inteligencia y su probo comportamiento como empresario lo avalan internacionalmente. Aunque yo, que miro el mundo desde una atalaya apartada, lo veo solo.

El silencio de Europa ante el ultraje que se está produciendo en Venezuela me sorprende. Por eso utilizo este artículo para señalar lo que ha hecho Escotet en Galicia: impulsar la principal entidad bancaria de nuestro país por encima de todas las expectativas. Su talante, ingenio, honestidad y lucidez servirán para defenderse del déspota chavista. Maduro, ese que no tiene ni categoría para aparecer en una novela de dictadores.

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